Lumpenburguesía: Lumpendesarrollo. Dependencia de la clase política en Latinoamérica

Para encontrar los fundamentos de la estructura colonial en Latinoamérica, es conveniente pregun­tarse por qué —a pesar de haber sido, ambas, colonias europeas— América Latina es hoy subdesarrollada mientras América del Norte se encuentra desa­rrollada. A menudo se han propuesto dos tipos de supuestas explicaciones que están a la vez ligadas entre sí.



Material de formación política de la
Cátedra Che Guevara – Colectivo AMAUTA

1972

1. ESTRUCTURA COLONIAL

Para encontrar los fundamentos de la estructura colonial en Latinoamérica, es conveniente pregun­tarse por qué —a pesar de haber sido, ambas, colonias europeas— América Latina es hoy subdesarrollada mientras América del Norte se encuentra desa­rrollada. A menudo se han propuesto dos tipos de supuestas explicaciones que están a la vez ligadas entre sí. Una de ellas es que América del Norte se benefició por el trasplante de las instituciones progresistas del capitalismo inglés, mientras que Amé­rica Latina quedó perjudicada por el trasplante de las instituciones retrógradas del decadente feudalis­mo ibérico. La otra y relacionada supuesta explica­ción, que se asocia con la Ética, protestante y el es­píritu del capitalismo de Weber, es que hubo una diferencia importante entre el carácter de los nue­vos pobladores del Norte y los latinoamericanos: que los unos fueron protestantes empresariales y los otros católicos flojos. La primera explicación debe descartarse porque claramente carece de vali­dez histórica; el capitalismo empezó á desarrollarse en Italia, España y Portugal católicos; y las instituciones de las colonias inglesas y protestantes del sur de los Estados Unidos y del Caribe no resulta­ron ser notablemente más progresistas que las lati­noamericanas. Además, como veremos más adelante, no es exacto que la península Ibérica haya tras­plantado sus instituciones a Latinoamérica. En cuan­to a la segunda explicación, en la medida en que efectivamente hubo diferencias entre los nuevos pobladores de las distintas partes del nuevo mundo, habría que preguntarse acerca del porqué de estas diferencias.

Los motivos de la colonización española los re­sumió Adam Smith al escribir que «todas las em­presas de los españoles en el nuevo mundo, des­pués de la de Colón, parecen haber sido ocasiona­das por el mismo motivo. Fue la sagrada sed del oro, la que llevaron Ojeda, Nicuesa y Vasco Múñez de Balboa al istmo de Darién, la que llevaron Cortés a México, y Almagro y Pizarro a Chile y a Perú» (Smith 529). Y ¿cómo se aprovecharon de las minas de oro y plata en México y Perú? Evidentemente explotando a la mano de obra indígena, y aprovechando su alta civilización y gran organi­zación social. Es igualmente evidente que los espa­ñoles y portugueses no montaron una explotación igual de minas en el Caribe, Brasil, Argentina y otras partes, porque no pudieron hacerlo, por falta de minas en aquellas regiones. Y si los ingleses que se fueron al norte de América no explotaron minas de metales preciosos allí, esto se explica exactamente por el mismo motivo, no porque no querían sino porque no podían. Y ¿por qué crearon los portugue­ses, franceses e igualmente los ingleses plantaciones de azúcar en Brasil y las Antillas y de algodón en el sur de América del Norte? Porque no les fue posible explotar minas allí, pero sí fue posible aprovechar el clima para explotar maño de obra esclava en una economía de exportación, puesto que se podía bien proveer dichas regiones de tal mano de obra, importándola de África. Entonces podemos pregun­tarnos por qué los mismos franceses e ingleses no hicieron igual en la Nueva Francia y Nueva Ingla­terra.. La respuesta salta a la vista: porque estas re­giones carecían—lamentablemente, como les pare­cía entonces-— de todas las condiciones geológicas, climáticas y de población indígena precisas para poder implantar una economía de exportación. Así fue también en Argentina, hasta que el desarrollo del sistema capitalista mundial permitió en el si­glo XIX convertir aquella región en exportadora de lana, carne y trigo; así como convertir a Sao Paulo, parte de Colombia, Costa Rica, etc., en exportado­res de café.

Así, el estudio comparativo de las variedades en la: colonización europea del nuevo mundo nos con­duce a una conclusión fundamental, que a primera vista puede parece paradójica, pero que es fiel ex­presión de la dialéctica del desarrollo capitalista: mientras mayor fue la riqueza para explotar, más pobre y subdesarrollada es la región hoy; y mientras más pobre fue la colonia, más rica y desarrollada es la región hoy. La razón fundamental es una sola: el subdesarrollo es producto de la explotación —-de la estructura colonial y de clase basada en la ultra-explotación— y el desarrollo se logró donde esta estructura del subdesarrollo no se implantó porque no fue posible hacerlo. Todos los otros factores son secundarios o derivados del factor fundamental del tipo de explotación, y esto vale también para el tipo de pobladores que fueron a diversas partes y para su manera de comportarse una vez llegados allí.

En Norteamérica, o más precisamente en el nor­te de Norteamérica porque en el sur algodonero fue distinto, creció inicialmente una economía diversi­ficada de pequeños propietarios agrícolas y peque­ñas industrias. Y una sociedad parecida se asentó por un buen tiempo en. diversas partes de Latino­américa: «El proceso de ocupación y división de la tierra cubana durante los siglos xvi, xvii y xviii con­dujo a la creación de una clase de propietarios gran­des y pequeños, descendientes de los primeros po­bladores, que estuvieron hondamente atados a la tierra nativa. Fueron predominantemente gente no refinada, que vivieron en aislamiento del mundo ex­terior […] pero en Cuba se pusieron las fundacio­nes de una nación nueva y original, que fue el fruto de tres siglos de asentamiento. Los distintos siste­mas de ocupación y utilización de la tierra determi­naron los destinos diferentes de las Antillas británicas y españolas: para las primeras, decaimiento; para las segundas, progreso lento pero constante» (Guerra y Sánchez 35-6) hasta que éstas también se convirtieron en plantaciones de azúcar en el si­glo xix. En Colombia «hasta mediados del siglo pa­sado las manufacturas y la rica agricultura, del Oriente se oponían a la penuria del Occidente y a la miseria de la región Central, departamentos de Boyacá y Cundinamarca. El Occidente era la mina [….] en Boyacá y Cundinamarca regía […] el latifundio […]. En Oriente la situación era muy dis­tinta […]. No hay latifundios, no podía haberlos. No se encontraron minas de oro, ni de plata. No se introduce, en consecuencia, el negro […]. Se for­man las manufacturas […]. La economía del Orien­té colombiano, en la época que sé analiza, no estaba orientada hacia el mercado exterior» (Nieto Arteta 79-80). En Centroamérica, «Costa Rica, la provincia más pobre y aislada de aquella época […] tenía una estructura social mas homogénea constituida en for­ma casi exclusiva por los descendientes de españo­les». (Torres 16). Y así fue en muchas otras partes dé Latinoamérica, especialmente en el ahora relativamente menos subdesarrollado Cono Sur. Y así tam­bién fue, en la colonia inglesa de la isla caribeña de Barbados, aunque allí esta estructura social no sobrevivió mucho tiempo, como Harlow lo señala en su History of Barbados, 1625-1685, citando observa­dores contemporáneos: «En los años durante los que se cosechó variedad de pequeños productos, la tierra estuvo ocupada por muchos asentados en pe­queñas parcelas. Este sistema, común en la mayoría de las jóvenes colonias británicas, fue en parte él resultado de las mercedes originales a los primeros asentados de pequeñas parcelas […]. De esta mane­ra la isla tenía una clase de colonos numerosos y fuertes, que […] fueron la columna vertebral de la colonia. Con la llegada de la industria azucarera, es­tas circunstancias sanas se alteraron. La economía del azúcar, para tener éxito, requiere amplias exten­siones de tierra y una oferta grande de mano de obra: el sistema holandés de créditos a largo plazo dio a los más adinerados la posibilidad de conseguir ambas cosas. Pero el pequeño colono con unas pocas Hectáreas y escaso capital no podía enfrentar el gran gasto inicial de poner un ingenio de azúcar. En consecuencia, la tierra cayó más y más en manos de un grupo de magnates […]. Un ejemplo del proceso puede encontrarse en la hacienda del capitán Waterman, que abarcó 800 acres, que anteriormente habían pertenecido a no menos de cuarenta pequeños propietarios […]. El mismo hecho se enfatiza .[…] en el valor de la tierra perteneciente al Mayor Hilliard. Antes de la introducción de la nueva indus­tria (alrededor de 1640) la plantación valía 400 libras; sin embargo, en 1648 la mitad se vendió en 7.000 libras […]. Ya en 1667 […] el Mayor Scott dijo que, después de examinar todas las actas de Barbados, encontró que desde 1643 no menos de 12.000 “buenos hombres” habían dejado la isla para otras partes, que el número de terratenientes había descendido de 11.200 pequeños propietarios en 1645 a 745 dueños de latifundios en 1667; mientras que durante el mismo período los esclavos negros ha­bían aumentado de 5.680 a 82.023. Finalmente, re­sumió la situación diciendo que en 1667 la isla “no fue tan fuerte, aunque sí cuarenta veces más rica que en 1645″. Este proceso doble -—comenta Harlow en 1926— mediante el cual una colonia inglesa fuerte se convirtió en poco más que una fábrica de azúcar, propiedad de unos pocos propietarios ausen­tistas y trabajada por una masa de trabajadores extranjeros, constituye la principal característica de la historia de Barbados» (Harlow 40-44, 306-310).

De hecho, las regiones que hoy son las más lumpendesarrolladas del continente, como partes de Centroaméríca y del Caribe, el Nordeste del Brasil, las regiones indígenas andinas y mexicanas y las zo­nas ruineras de Minas Gerais, Bolívía y México central, tienen en común que en aquella época fueron —y a menudo todavía lo son hoy—las partes de La­tinoamérica; que más se han caracterizado por la explotación de sus recursos naturales, y sobre todo humanos, en función de una economía de exportación. * Y esta desgracia espantosa, como Adam Smith la calificó, es lo que estas regiones tienen de común entre sí —y con gran parte de Asia y África también —a despecho de la gran variedad de carac­terísticas culturales y de otra: índole que las distin­gue, y a pesar del hecho de que en algunas el de­sarrollo del capitalismo mundial transformó total­mente la estructura social indígena, mientras que en otras asentó una sociedad totalmente nueva, y en otras más —como el caso de Cuba, por ejemplo— este desarrollo capitalista mundial transformó com­pletamente la misma estructura social primitiva­mente asentada allí, siglos atrás; por los propios europeos. Así que el factor clave de la estructura económica y de clase en Latinoamérica hay que bus­carlo en el grado y tipo de dependencia con respecto a la metrópoli de este sistema capitalista mundial.

Como nota Ferrer: «La minería, la agricultura tropical, la pesca, la caza y la explotación de bos­ques (todas en función directa de la explotación) fueron las industrias que se desarrollaron en las eco­nomías coloniales y, por tanto, las que atrajeron los recursos financieros y laborales disponibles […]. Los grupos con intereses en actividades exportado­ras eran comerciantes y propietarios de altos ingre­sos y altos funcionarios de la corona y de la Iglesia. Estos sectores de población […] Constituyeron el mercado colonial interno y la fuente de acumula­ción dé capital […]. En la medida en que la con­centración de riqueza crecía en manos de un peque­ño grupo de propietarios, comerciantes y políticos influyentes, aumentaba la propensión a obtener ar­tículos manufacturados de consumo en el exterior […]. De este modo, el sector de exportación, por su naturaleza misma, no permitiría la transformación del sistema como un todo, siendo el principal obs­táculo para la diversificación de la estructura inter­na de producción y, por consiguiente para la consecuente elevación de los niveles técnicos y culturales de la población, el desarrollo de los grupos sociales en relación con la evolución de los mercados ínter-nos y la búsqueda de nuevos renglones de exporta­ción libres de la autoridad metropolitana» (Ferrer, a 31-32). Del capital restante potencialmente invertible, la estructura de subdesarrollo encauzó la mayor parte a la minería, la agricultura, el transporte y empresas comerciales de exportación a la metro- poli; casi la totalidad del sobrante a importaciones de lujo de las metrópolis, y sólo muy poco a las manufácturas y el consumo relacionados con el mercado interno. Debido al comercio y al capital extranjeros, los intereses económicos y políticos de la burguesía minera, agrícola y comercial nunca estuvie­ron dirigidos al desarrollo económico interno. Las relaciones de producción y la estructura clasista del latifundio, de la mina y sus «hinterlands» económi­cos y sociales se desarrollaron en respuesta a las expoliadoras necesidades colonialistas de las metró­polis ultramarina y latinoamericana. No fueron, como con tanta frecuencia, se pretende erróneamente, el resultado del traspaso en el siglo xvi de las instituciones feudales ibéricas.

Esto no significa que la estructura colonial y de clase haya sido estática. Por lo contrario, las cons­tantes variaciones en la primera han ocasionado correspondientes transformaciones en la segunda; como lo muestra la suerte de las manufacturas durante la colonia. Por ejemplo, la depresión económica del siglo xvii en España, que ocasionó la disminución del tonelaje, de buques que comerciaban entre ella y Nueva España a un tercio de lo que había alcanzado en el siglo xvi, permitió el desarrollo apreciable de manufacturas locales. Antes del fin del siglo xviii sólo las industrias textiles de México ocuparon 60.000 obreros (Orozco y Flores-cano 73), El virrey de Nueva España comentó en 1794, «aun sin auxilio alguno, ni protección directa del gobierno, se han adelantado demasiado, a un grado que admira, cierta clase de manufacturas, principalmente las de algodón y con especialidad, de paños de rebozo. Las lanas burdas proveen también materia prima para muchas fábricas […]. Es muy difícil prohibir que se fabriquen en estos reinos la mayor parte de las cosas que en ellos se hacen: […]. El único medió de destruir las fábricas del reino es el que vengan a precios más cómodos de Europa los mismos efectos, y otros equivalentes. Así ha suce­dido con la gran fábrica y gremio que había de todas especies de tejidos de sedas, de que apenas queda memoria; y otro tanto se ha verificado con las fábricas de estampados […]. La decadencia de este comercio [de Acapulco], era muy natural en la alte­ración que han tomado las cosas, los progresos que han tenido las fábricas europeas, y el menor precio que merecen generalmente los géneros asiáticos […]. Resulta que desde el año 89, han ido sucesivamente en aumento, los géneros y especies que se han introducido […]» (Revilla Gigedo, 191-2, 200, 203). El historiador chileno Hernán Ramírez N. (65) hace notar que «es de suma importancia subrayar que el fenómeno analizado se manifestó en diversos países americanos. “El libre comercio, escribe el historiador peruano Garlos Deustúa Pimentel, trajo como resultado el derrumbamiento de las pocas, fá­bricas florecientes, al abarrotar completamente de mercaderías los mercados de América” […]. Refi­riéndose a la situación creada en las provincias del Plata, Ricardo Levene anota: “Fue, en efecto, el activo intercambio que se inició con los reglamentos de 1778, la causa de la decadencia de las primeras industrias nacionales.”» Las transformaciones en la estructura social latinoamericana ocasionadas por cambios en las relaciones coloniales se ven con igual nitidez en la estructura agraria.


(*) Al extender esta Vieja tesis sobre las regiones más colonializadas y explotadas, para comprender no sólo Latinoamérica sino Asia y África también, y al denominarlas «ultra-sub-desarrolladas» en mi exposición en Caracas, .los compañeros Francisco Mieres y Héctor Silva Michelena objetaron que conforme a mi «teoría» el ultra-subdesarrollo debería darse, no en aquellas regiones anteriormente más colonializadas, sino en las actualmente más colonializadas, y que de hecho, según Silva, el país que sufre más ultra-subdesarrollo en América Latina es Venezuela. La objeción teórica me pareció correcta y también la evaluación del ultra-subdesarrollo venezolano a causa de la ultra-explotación del boom de exportación de petróleo. Acordamos denominar, muy provisionalmente, este último como un desarrollo «activo» del ultra-subdesarrollo y buscar otra palabra conceptual para el estado «pasivo» de ultra, sub (o lumpen?) desarrollo de aquéllas regiones de exportación de etapas anteriores del desarrollo capitalista mundial.