Notas básicas sobre la violencia

¿Por qué los grandes medios de comunicación viven predicando la “paz” mientras al mismo tiempo legitiman las represiones policiales, la tortura sistemática, las guerras imperialistas y las intervenciones militares? ¿Qué entienden Marx y Engels por “violencia”? El intelectual marxista de origen vasco Iñaki Gil de San Vicente intenta responder aquí algunas de esas interrogantes con un lenguaje claro y sencillo.



La teoría sobre la violencia aparece desde el principio mismo de la extensa obra marxista y es imposible resumirla aquí por lo que vamos a dar sólo cuatro criterios básicos, teniendo en cuenta que por marxismo debe entenderse no sólo la obra de Marx y Engels sino la totalidad de la obra realizada por quienes explícita y prácticamente se ha definido como marxistas, es decir, han luchado con todos los medios adecuados contra la burguesía buscando tres objetivos irrenunciables: uno, crear un poder revolucionario basado en el pueblo en armas y en la democracia socialista que garantice, dirija y vigile el proceso de autodisolución del Estado obrero; dos, partir siempre de una concepción mundial e internacionalista del proceso revolucionario y del comunismo y, tres, avanzar simultáneamente en la expropiación de los expropiadores, es decir, acabar con la propiedad privada capitalista mientras se avanza en las condiciones objetivas y subjetivas que permitan hacer realidad el principio: “de cada cual según su capacidad, a cada cual según su necesidad”. Naturalmente, estos puntos esenciales deben ser aplicados concretamente en cada país, huyendo de los esquemas prefijados e impuestos dogmáticamente en todas partes.

Partiendo de aquí, a lo largo de casi dos siglos de lucha de clases mundial, por poner la fecha “inicial” en las luchas de los años ’30 del siglo XIX como anunciadoras de lo que vendría, podemos descubrir como mínimo cuatro principios básicos de la teoría marxista de la violencia. El primero es la afirmación de Marx de que la violencia es la partera de la historia, es lo que decide e impone qué camino seguir en el momento de una crisis entre dos poderes iguales: el del capital y el del trabajo. Este principio es decisivo en su perspectiva histórica y está siendo confirmado en todas las situaciones fundamentales en las que las masas oprimidas se han enfrentado a la clase dominante. Según como sean las situaciones concretas, las fuerzas en conflicto, los aliados de cada una de ellas, etc. Según todo eso que hay que analizar concreta y particularmente, será el grado de virulencia, extensión e intensidad de la violencia desatada, pudiendo darse casos en los que ha sido necesaria muy poca y mayormente preventiva o en los que ha sido necesaria mucha y desesperada.

Hay ejemplos para todos los casos, pero la constante que los recorre internamente es que cuando las masas oprimidas han rechazado este principio marxista han cavado la tumba de su derrota estratégica durante mucho tiempo, tumba rebosante de sangre y cadáveres, porque al despreciarlo, al rechazar las lecciones de la historia y al creerse la mentira reaccionaria del pacifismo a ultranza, se han despreocupado por prepararse mental, política y organizativamente para la práctica de la violencia defensiva, de la autodefensa ante la violencia fundante y primera, la opresora. La preparación psicopolítica para la autodefensa es imprescindible, y cuanto más efectiva sea menos violencia defensiva habrá que aplicar en su momento, más fácil, rápida y pacífica será la victoria revolucionaria y su avance posterior. Si algo ha demostrado la historia desde el surgimiento de la explotación precapitalista es la veracidad del axioma popularizado por la agresiva y esclavista Roma republicana de ‘si vis pacem, para belum’, si quieres la paz prepárate para la guerra. Multitud de pueblos y clases oprimidas han sufrido derrotas aplastantes y brutales por despreciar o ignorar esta lección histórica.

El segundo principio es el de la licitud moral y ética de la autodefensa, de la violencia defensiva. No existe una única y obligatoria ética, es decir, el conjunto de valores que explican por qué hay que realizar tal o cual acción moral. Desde el marxismo existen dos escuelas éticas: la que explica y defiende la necesidad de la explotación, que es la primera que surgió en la historia a partir del surgimiento previo de la opresión social, y la que explica y defiende la lucha contra la explotación, que surgió más tarde y dificultosamente porque las masas oprimidas no tenían apenas capacidad cultural, tiempo libre y recursos materiales para elaborar esa ética liberadora que ha sido perseguida siempre. Las dos éticas cambian en las formas exteriores y bastantes de sus componentes internos al son de los cambios sociales, aunque mantienen intocable su núcleo originario. Por ejemplo, debido a las largas luchas de siglos, la ética dominante, la burguesa, ha tenido que aceptar la ilicitud de la esclavitud pero cierra los ojos cuando la burguesía aplica una nueva esclavitud, la asalariada y en su forma más brutal, el trabajo precarizado e infantil. Abundan los ejemplos al respecto, pero ahora nos interesa analizar un problema ético-moral y teórico-político crucial: ¿podemos los países ricos y opresores condenar la violencia defensiva de los países invadidos y de las clases explotadas por feroz y terrible que pueda llegar a ser?

Tanto Marx como Engels dicen que no, que no podemos dar lecciones a quienes se defienden y que debemos comprender su situación y el grado de desarrollo en su cultura y tradiciones de la ética liberadora. En sus análisis sobre las luchas en la India y en China, por ejemplo, ambos amigos se enfrentaron decididamente a la hipócrita moral burguesa, a su ética, denunciando al verdadero causante de las sanguinarias violencias defensivas de los pueblos oprimidos: la anterior e inicial violencia opresiva del colonialismo británico, tanto o más inhumana que la de los hindúes y chinos. La dialéctica entre lo esencial de la ética liberadora –el rechazo a toda opresión– y la defensa de la historicidad de sus formas concretas de práctica –la ferocidad de las masas invadidas contra los invasores–, esta dialéctica es el segundo principio marxista sobre la violencia y su actualidad es innegable. Cuando el imperialismo ataca a media humanidad y prepara más ataques contra el resto, incluidas las clases trabajadoras en el centro imperialista, es inmoral y antiético que las izquierdas revolucionarias asuman, defiendan y propaguen los valores y normal de la burguesía. Un mínimo de decencia ética y de sentido teórico de la historia de las luchas humanas debe llevarles, en caso extremo, al silencio o al debate fraternal y solidario, pero nunca a la defensa de la ética capitalista.

El tercer principio está relacionado con los dos anteriores y es brillantemente sintetizado por Lenin en su análisis de la guerra de guerrillas de 1906. Lenin está en lo cierto cuando sostiene que el: “marxismo se distingue de todas las formas primitivas del socialismo pues no liga el movimiento a una sola forma determinada de lucha. El marxismo admite las formas más diversas de lucha; además, no las “inventa”, sino que generaliza, organiza y hace conscientes las formas de lucha de las clases revolucionarias que aparecen por sí mismas en el curso del movimiento. El marxismo, totalmente hostil a todas las fórmulas abstractas, a todas las recetas doctrinas, exige que se preste mucha atención a la lucha de masas en curso que, con el desarrollo del movimiento, el crecimiento de la conciencia de las masas y la agudización de las crisis económicas y políticas, engendra constantemente nuevos y cada vez más diversos métodos de defensa y ataque. Por esto, el marxismo no rechaza categóricamente ninguna forma de lucha El marxismo no se limita, en ningún caso, a las formas de lucha posibles y existentes sólo en un momento dado, admitiendo la aparición inevitable de formas de lucha nuevas, desconocidas de los militantes de un período dado, al cambiar la coyuntura social. El marxismo, en este sentido, aprende, si puede decirse así, de la práctica de las masas, lejos de pretender enseñar a las masas formas de lucha inventadas por “sistematizadores” de gabinete. Sabemos — decía, por ejemplo, Kautsky, al examinar las formas de la revolución social — que la próxima crisis nos traerá nuevas formas de lucha que no podemos prever ahora (…) el marxismo exige que la cuestión de las formas de lucha sea enfocada históricamente. Plantear esta cuestión fuera de la situación histórica concreta significa no comprender el abecé del materialismo dialéctico. En los diversos momentos de la evolución económica, según las diferentes condiciones políticas, cultural-nacionales, costumbrales, etc., aparecen en primer plano distintas formas de lucha, y se convierten en las formas de lucha principales; y, en relación con esto, se modifican a su vez las formas de lucha secundarias, accesorias. Querer responder sí o no a propósito de un determinado procedimiento de lucha, sin examinar en detalle la situación concreta de un movimiento dado, la fase dada de su desenvolvimiento, significa abandonar completamente la posición del marxismo”.

El cuarto principio marxista ya está enunciado en este tercero expuesto por Lenin, y se refiere al contenido de masas de las luchas violentas. Para los doctrinarios y dogmáticos que trocean y reducen la realidad para que quepa en su estrecha “teoría revolucionaria” es lo mismo la acción armada individualista –que no individual, como veremos– que la lucha armada realizada por organizaciones profundamente asentadas entre las masas, que durante decenas de años nutren sus filas de voluntarios que permanentemente salen del pueblo trabajador, que militaban en distintos frentes de masas, en la lucha obrera, vecinal, estudiantil, feminista, ecologista, cultural, etc., y que, por las razones que fueran y allí en donde se practica la lucha armada, dan el paso a la autodefensa en su forma más seria. Un ejemplo ¿podemos denominar como “terrorismo individual” a la lucha armada de las FARC-EP, de los palestinos, iraquíes, chechenos o en su tiempo del IRA, etc.? Sin entrar ahora al concepto de “terrorismo” y ciñéndonos sólo al individualismo, es claro que no. La diferencia entre una lucha armada de masas y una lucha individualista consiste básicamente en que la primera, la de masas, tiene un programa a largo plazo, una estrategia y unas tácticas, un sistema organizativo y unas relaciones con el pueblo del que surge que le hacen escoger siempre los métodos más adecuados para avanzar en la conciencia política del pueblo, buscando siempre tanto el contenido pedagógico de las acciones como su efectividad política siempre dentro de los fines perseguidos, lo que le lleva a recurrir a la autodefensa como un instrumento táctico inserto en la globalidad de medios de lucha de su pueblo, interaccionando con ellos.

Mientras que la segunda, la violencia individualista es practicada por personas más bien aisladas o a lo sumo por muy reducidos colectivos sin apenas implantación directa en las masas, lo que les limita mucho calibrar la efectividad pedagógica y política de sus acciones, aprender de las masas, mejorar su programa y su estrategia viendo la necesidad de cambiar de tácticas según cambian las condiciones sociales, siendo por tanto incapaces para integrar sus acciones con las de las masas al margen de la buena voluntad subjetiva de quienes las realizan y, de esta forma, resulta prácticamente imposible lograr la interrelación de todas las formas de lucha. Hay que tener en cuenta que esta interrelación es una de las garantías esenciales del aprendizaje mutuo entre las masas y las organizaciones que practican la violencia política de respuesta, sin ella más temprano que tarde el colectivo o la persona que practica la autodefensa cae en la desorientación o en el aislamiento más enloquecedor.

Son estas diferencias, por último, las que permiten explicar por qué los marxistas insistimos en que toda respuesta individual básica y primaria, la que sea, desde una paliza dada por una mujer maltratada a su agresor, o por una obrera a su patrón, o por un torturado a su torturador, etc., si quiere ser efectiva a la larga ha de integrarse en organizaciones de masas más amplias aunque no practiquen esas formas de resistencia instintiva, de justa ira y de justicia popular aplicada individualmente. Son, deben ser, esas organizaciones más enraizadas y extensas, las que analicen por qué, cómo, cuando y con qué argumentos habrá que proceder contra un violador, o contra un empresario especialmente explotador, siempre con acciones de masas y con exigencias reivindicativas fácilmente comprensibles. Sin estas organizaciones de masas las acciones individuales que muy frecuentemente se realizan sin que trasciendan a la prensa, quedan en nada, en un esfuerzo baldío y hasta contraproducente si son falseadas por la prensa de la burguesía, como ocurre siempre que salen en sus cadenas sensacionalistas.

Naturalmente, estas cuatro notas básicas son corregidas y ampliadas por las luchas de las masas, por su permanente innovación e iniciativa práctica, pero aunque se mejoren en sus formas y actualicen en sus prácticas, y aunque surjan otras lecciones posteriores, las cuatro aquí analizadas mantendrán su vigencia esencial mientras dure la violencia primera inherente a la explotación asalariada, a la opresión nacional y al terrorismo sexo-económico del sistema patriarco-burgués. Se aplicarán con mayor o menos extensión e intensidad según las necesidades concretas, pero rechazarlas supone, como hemos dicho, cavar la fosa en la que el sistema capitalista enterrará a la libertad humana.