Comentando el libro “La Paz en Colombia” de Fidel

Desde su nacimiento la revolución cubana generó debate. Bienvenida entonces la polémica entre hermanos y entre compañeros de la misma causa. Análisis crítico de Isa Conde a los cuestionamientos de Fidel contra la lucha armada en la actualidad.



Creo muy importante que el comandante Fidel Castro haya escrito y publicado su reciente libro “La Paz el Colombia“, revelador no solo de valiosas informaciones sobre relaciones cubano-colombianas de diferentes índoles y sobre ese y otros procesos, sino –y sobre todo- de aspectos muy singulares e importantes de sus convicciones, concepciones e iniciativas como estadista y líder político sobresaliente de nuestra América y el mundo.

Las informaciones, ideas y valoraciones vertidas en este texto posibilitan desarrollar a más profundidad el debate en torno a la historia reciente de las luchas en Colombia y a su importancia para el continente, sobre la razón de ser de la insurgencia revolucionaria en ese país y sus vínculos con Cuba y nuestra América, acerca de las posiciones de la dirección del Partido Comunista de Cuba ante determinados gobiernos, Estados y movimiento revolucionarios de Colombia y del continente, sobre las valoraciones del propio Fidel frente al rol del comandante de Manuel Marulanda y las FARC-EP, y en torno a los trascendentes problemas de la solidaridad revolucionaria, las relaciones intergubernamentales, la independencia y/o dependencia de las organizaciones revolucionarias respecto a los Estados y acerca de las tendencias hegemonistas en el contexto de la cooperación y la solidaridad.

El contenido de este libro trasciende el tema colombiano para incursionar y provocar serias reflexiones a propósito de las relaciones y razones de Estados y de gobiernos, sobre los vínculos entre fuerzas revolucionarias, la política diplomática y sus contradicciones respecto a la revolución más allá de las fronteras propias, esto es, como proceso continental y mundial.

Trae de fondo con fuerza temas como el de la fusión y/o separación de los roles del Estado, el gobierno, los partidos revolucionarios y los movimientos sociales; como el del impacto de las experiencias revolucionarias particulares sobre sus protagonistas y la presencia de ciertas tendencias a ver los otros procesos a través del condicionado lente nacional, como el de los vínculos entre hegemonía y seguidismo, entre independencia y solidaridad, entre el impacto y las tensiones de una visión cubano-céntrica y el necesario reconocimiento en profundidad de la diversidad de vías, métodos y alternativas revolucionarias.

Es esta trascendencia de lo estrictamente colombo-cubano lo que me ha motivado a escribir estas líneas, no sin dejar de reconocer que también me he sentido en el deber de dar a conocer, en relación con las informaciones y apreciaciones expuestas por Fidel, mis vivencias y valoraciones políticas sobre posiciones y actitudes sostenidas por las FARC-EP, el ELN, el gobierno de Andrés Pastrana y otros temas interés, incluidos algunos relacionados con el régimen de Uribe, la actualidad colombiana y continental.

Esto último me parece necesario precisamente por la posición que históricamente -y en el presente- he asumido no solo respecto al Estado narco-paramilitar-terrorista de Colombia y a sus diferentes gobiernos, sino también en torno a la solidaridad inconmovible con las fuerzas insurgentes y con toda la izquierda colombiana, así como mi aprecio y defensa de la revolución cubana como pionera de la segunda independencia, impactante manifestación de la herejía revolucionaria, expresión elevada del nuevo antiimperialismo y valioso e inconcluso proceso de orientación socialista.

Los libros de Alape y el testimonio de Jacobo Arenas

Saludo de todo corazón que Fidel haya incluido de manera tan relevante en su reciente obra, amplios párrafos de los valiosos libros, relativamente pocos conocidos, “Cuadernos de Campaña” y “Tiro Fijo: los sueños y las montañas”, de Arturo Alape y el “Diario de la Resistencia de Marquetalia” del comandante Jacobo Arena, que ponen en alto, desde su inmensa humanidad, el gran talento político y militar, las firmes convicciones revolucionarias y la militancia comunista ejemplar de nuestro inolvidable Manuel Marulanda Vélez.

Hacía falta que una voz tan autorizada e influyente en Cuba, en América y el mundo, de tanto valor ético e impacto político, recuperara para todo el movimiento revolucionario mundial y difundiera desde tan alta y leída tribuna esos hermosos y enjundiosos textos sobre la vida y las luchas de uno de los más destacado y formidable comandantes guerrilleros, quien sin dudas hizo historia y se convirtió en leyenda desde su condición de combatiente y conductor, durante 60 años ininterrumpidos, de una de las más larga y heroica rebeldía por la causa de la libertad, el socialismo y la emancipación del pueblo colombiano y de todos los pueblos del mundo.

Hacía mucha falta, sobre todo porque desde hace muchos años la figura de Manuel Marulanda y la organización que lideró han sido sometidas a la campaña de descrédito más perversa y mentirosa que movimiento revolucionario haya sufrido.

Los estigmas de factura imperialista, calificando a Marulanda y a las FARC de “terroristas”, “narco-terroristas”, “bandidos”…, repetidos hasta la saturación por medios poderosos, calaron tan hondo e hicieron tanto daño que terminaron contaminando amplios sectores políticos, incluidos una considerable parte de las izquierdas y de las fuerzas progresistas del continente continental.

Las debilidades de la posición cubana frente al proceso colombiano y la cuestionable actitud de una parte de las izquierdas del continente.

Me consta que la dirección cubana no le hizo el juego a esas maledicencias públicas, pero no fue lo suficientemente consistente, firme y enérgica en ayudar a desmentirlas categóricamente como ahora lo hizo Fidel.

Más aun, aprecio que las buenas relaciones del gobierno de Cuba con el de Colombia - descritas en algunos de sus aspectos y situaciones por el propio Fidel, reforzadas y continuadas hasta el presente mediante determinados acuerdos de cooperación y vínculos políticos- dieron lugar a largos silencios y débiles reacciones desde la parte cubana, tanto frente a esa campaña calumniosa como respecto a la naturaleza mafiosa del Estado colombiano y las fechorías de sus gobiernos. Esto se acentuó durante los recientes periodos de Uribe Vélez, el más pérfido, narco-paramilitar y terrorista de todos los gobiernos recientes.

Por largo tiempo el gobierno, el liderazgo del partido y las organizaciones sociales de Cuba diminuyeron su beligerancia política frente al sistema dominante en Colombia, a pesar de su acentuado carácter oligárquico, pro-imperialista y represivo; a pesar de los altísimos grados de corrupción de sus instituciones civiles y militares y de sus conversión en una especie de narco-estado administrados por verdaderos narco-gobiernos… a pesar de su altísimo grado de criminalidad.

El Plan Colombia-Iniciativa, el Plan Patriota, las nuevas y recientes modalidades de la “guerra sucia” iniciada en 1948 y la creciente intervención estadounidense en ese país propiciada por los presidentes Andrés Pastrana y Álvaro Uribe, pasaron a ser temas marginales cuando no casi invisible en la agenda cubana.

Igual menguó progresivamente la línea solidaria cubana con el movimiento insurgente, pese a ser uno de los más legítimos y fuertes del continente, mientras creció la política de cooperación económica, la distensión bilateral entre los gobiernos y los acuerdos bilaterales entre Estados; lo cual se trasladó a la conducta de la fuerza política dirigente y todas las esfera organizada de la sociedad civil cubana.

En buena medida desde el PC de Cuba, desde las organizaciones populares y las instancias de solidaridad de la sociedad cubana, no se expresaban ni se expresan pronunciamientos y acciones de respaldo militante a la insurgencia y a la oposición de izquierda y progresista más allá del apoyo a los diálogos, a los intentos de salida negociada al conflicto armado, a los acuerdos humanitarios y a las iniciativa de paz.

Incluso no faltaron declaraciones del Canciller cubano de ocasión y del propio Fidel considerando no pertinente la lucha armada en Colombia, afectando así la posición de las organizaciones políticas-militares y su razón de ser.

El tono de beligerancia solo subía ocasionalmente cuando el gobierno colombiano de turno exhibía actitudes de hostilidad hacia el gobierno y la revolución de Cuba. Ese precisamente fue el caso del gobierno de Turbay Ayala, que dio lugar a una enérgica y combativa declaración de la Cancillería cubana, incluida en el libro de Fidel que estamos comentando.

En cuanto a posicionamiento político, un significativo silencio oficial y partidista cubano acompañó el periodo posterior al bombardeo criminal del régimen de Uribe contra el campamento de Raúl Reyes. Pero además ni al comandante Reyes ni a Manuel Marulanda se le hicieron en Cuba los merecidos homenajes, salvo las opiniones vertidas por Fidel en sus “Reflexiones”. Tampoco se sintió la reacción esperada contra el gobierno de Álvaro Uribe, que en estrecha alianza con los halcones estadounidenses y el tenebroso régimen israelí, perpetró esa y otras acciones deleznables.

Ojala las valoraciones hechas por Fidel en su nuevo libro ayuden a recuperar los lineamientos de solidaridad del Partido Comunista de Cuba, de las organizaciones sociales y las instancias de solidaridad cubanas hacia las fuerzas alternativas colombianas, insurgentes y no insurgentes.

Por otro lado –y con motivos y causas distintas a la del PC de Cuba- las actitudes de una parte importante de las izquierdas latino-caribeñas fuera del poder respecto al tema colombiano, declinaron aceleradamente en la misma magnitud que su evidente derechización; registrándose posicionamientos realmente oportunistas y hasta pusilánimes respecto a la insurgencia colombiana y especialmente frente a las FARC.

El chantaje de la derecha colombiana y de la administración Bush, el impacto de la feroz campaña mediática, unida al evidente debilitamiento ideológico de esa fuerzas (a su corrimiento hacia posiciones moderadas y pro-sistémicas), las condujo a renegar totalmente de la lucha armada y a distanciarse de los movimientos político-militares y de todo lo que oliera a pólvora o expresara una cierta radicalidad.

Entre los que tomaron esas pendientes los hubo quienes se esforzaron por excluir a las FARC de los espacios de coordinación donde participaban.

Recuerdo como la alta dirección del PT de Brasil, sectores hegemónicos en el Frente Amplio de Uruguay y la alta dirección del PRD de México, entre otras organizaciones, se empeñaron en excluir a las FARC del Foro de Sao Paulo, valiéndose de la existencia de una especie de derecho al veto en seno s de su Grupo de Trabajo o equipo coordinador.

En verdad, hasta ese penoso nivel de inconsistencia nunca llegaron a expresarse las posiciones del Partido Comunista de Cuba. Y es que las causas de las debilidades de la posición cubana ante el proceso colombiano son realmente distintas a las que produjeron esa lamentable actitud de esa parte ablandada de las izquierdas fuera del poder.

En éstas últimas predominó una línea intensamente reformista, una acentuada renuncia al proyecto revolucionario, una especie de acomodamiento institucional y sistémico, una profunda crisis de identidad, una marcada tendencia a la social-democratización y al social pendejismo, e incluso a no rebasar los límites de un neoliberalismo “light”. Se creyeron el cuento del “fin de la historia” y se hicieron permeables a la ideología dominante.

El caso cubano es otro.

En Cuba hay un problema estructural que indudablemente limita, amarra e impide el necesario desdoblamiento entre la política de Estado y de gobierno y la política del partido revolucionario y las organizaciones sociales, entre la coexistencia y cooperación con Estados al servicio de la gran burguesía dependiente y el necesario internacionalismo revolucionario.

Me refiero a la fusión del partido con el Estado y el gobierno, a la superposición de sus roles; y al control del Estado y del partido sobre todo el sistema de organizaciones sociales, medios de comunicación y espacios de relaciones y solidaridad internacional.

Los cargos de dirección del gobierno desde el más alto al más bajo nivel, se confunden con los cargos en el partido.

El órgano del partido es el órgano de la política oficial.

La política exterior del gobierno es en alto grado la política exterior del partido.

La razón de Estado pesa sobre todo, arrastra e impone condicionamientos onerosos.

Las fronteras entre lo diplomático y lo político-revolucionario no están debidamente delimitadas.

Los roles, las funciones, repito, se superponen, se cruzan.

Esto tiene que ver con el modelo estatista vigente, que tiende a gravitar negativamente con fuerza y cada vez más, que genera burocratización, dogmatización y rigideces al paso de los años; que tiende a uniformizar la política exterior del gobierno y del partido.

Fidel, quien quizás ha sido uno de los líderes que más se ha esforzado por combinar su rol de estadista con su vocación revolucionaria, de todas maneras no ha estado exento de los condicionamientos señalados. El mismo lo confiesa cuando escribe:

“En cuanto al suministro de armas a los revolucionarios, nos ateníamos al carácter beligerante o no de los gobiernos de los países hermanos en relación a Cuba”. (La Paz Colombiana, Pág. 126)

Es decir, que lo determinante es la actitud de los gobiernos respecto al Estado cubano, independientemente de la naturaleza de esos gobiernos, de su carácter opresivo, de la represión y explotación que ejerzan contra sus propios pueblos, de su degradación política y moral.

Y esto realmente no se limita al suministro de armas, sino a muchas vertientes de solidaridad con los movimientos revolucionarios de esos países. Prima el nivel de tolerancia de sus acciones por los gobiernos de turno en sus respectivos países y el nivel de tolerancia de esos gobiernos al tipo de solidaridad externa., lo que reduce sensiblemente el perfil del apoyo político cubano.

Cierto que para Cuba el problema se ha tornado más difícil y complejo por la necesidad que tuvo -y tiene- de romper el criminal aislamiento y el bloqueo impuesto por los EE.UU.

Pero de nuevo hay que hacer referencia al hecho de que el modelo estatista y la situación estructural e institucional señalada, le resta flexibilidad a los órganos dirigentes para poder combinar ambas líneas de trabajo y necesidades políticas desde instancias diferenciadas.

Además, en casos como el colombiano, convertido su Estado y gobierno en engendros perversos, es válido y necesario, sin deponer líneas de relaciones interestatales con otros países, contribuir activamente a su aislamiento y derrota, al triunfo del cambio revolucionario y/o progresista.

No es necesario abundar en otros ejemplos, respecto a otros países y situaciones, en el que se ha incurrido en fallas significativas parecidas en cuanto a la necesaria solidaridad.

Como también vale destacar a manera de contraste –y todas las informaciones ofrecidas por Fidel respecto al proceso centroamericano de finales de los ´70 y los ´80 confirman este acierto- lo extraordinariamente positivo de la aplicación en esos casos de políticas certeras cargadas de dignidad y solidaridad revolucionaria.

Otra cuestión que ha gravitado mucho en la concepción de Fidel sobre el proceso revolucionario continental y mundial, es lo que a mi entender es una sobre-valoración –posiblemente influida por el drama que ha representado para Cuba- del impacto negativo del derrumbe del llamado socialismo real y la desintegración de la URSS.

Pareciera como si después de eso el repliegue de la línea de subversión revolucionaria debería ser obligada y de larguísima duración, y como si cualquiera insurgencia que se planteara cambiar la esencia del sistema estaría impedida de hacerlo por el enorme peso de la “unipolaridad militar” a favor del imperialismo estadounidense. De ahí la frase “otra Cuba no es posible”, junto a algo que se asemeja a una visión marcadamente posibilista.

Y pienso que eso no es así, pese a todas las adversidades creadas por ese cataclismo político. Veamos:

-Las FARC y el ELN pudieron crecer muchísimo después de esos acontecimientos.

-Hugo Chávez y los militares bolivarianos de Venezuela se levantaron en armas y produjeron un formidable cambio en la correlación de fuerzas.

-El EZLN irrumpió con una insurrección muy original, para crear una nueva situación en México, pendiente todavía de un desenlace mayor.

-La insurgencia social indígena sin armas de fuego se ha convertido en un factor transformador, en una gran acumulación subversiva.

-Los pueblos se han lanzado a tumbar presidente al margen de las elecciones, creando situaciones novedosísimas que posibilitan reemplazar instituciones decadentes y crear nueva institucionalidad.

-Muchas veces ha faltado el armamento para vencer la represión y avanzar.

-Los cambios progresistas por elecciones no han estado al margen de todo esto. Más bien son consecuencia de esas luchas extra-institucionales, que por carecer de acumulación militar le imponen ciertos límites que le impiden producir cambios más radicales.

La oleada es amplia, tienen impronta continental y mientras más potente y más integral sea la acumulación de fuerzas por el cambio, más profundos y extensos pueden ser sus resultados. Todo esto tiene más sentido y mayores posibilidades en medio de la gran crisis que estremece el orden capitalista mundial.

En tales condiciones, donde hay construcción significativa de fuerzas militares alternativas, no me parece correcto pactar para quedar al margen del poder, aceptando la hegemonía de las derechas y de las clases dominantes-gobernantes con nuevo consensos y modalidades.

¿Pro-sovietismo de las FARC?

Es cierto que le Partido Comunista Colombiano (PCC) fue un partido pro-soviético y que tuvo mucho que ver con el origen y el desarrollo de las FARC. Pero las cosas no se quedan ahí ni siquiera tiempo atrás, mucho menos ahora.

El PCC fue también un partido inmerso en formas de lucha no tan afines a la visión soviética, impregnado el PCUS de esos tiempos de la concepción que exaltaba la llamada “vía pacifica” al socialismo.

Pero además, como bien recoge Fidel del libro de Alape, Marulanda es de origen liberal y en su proceso de transformación en militante comunista supo diferenciarse de ciertas concepciones y actitudes presentes entonces en el Partido Comunista Colombiano.

Ese proceso de creación y desarrollo de las FARC como fuerza militar conducida por comunistas nunca fue un proceso libre de las tensiones que generalmente surgen en ese tipo de relación (partido legal y fuerza insurgente penalizada) y en el contexto de una compleja combinación de esas estructuras y formas de lucha.

La ruptura finalmente tuvo lugar en 1993. Las FARC se separaron del PC legal y crearon primero el Partido Comunistas Clandestino y luego el Movimiento Bolivariano como estructura más amplia y flexible, también clandestina.

Como PCC legal pudo haber amaras al centro soviético. Pero como FARC realmente no. Esta organización político-militar se conformó con mucha autonomía en todos los órdenes.

No creo, pues, que en este aspecto (posicionamiento respecto a la URSS) puedan sustentarse los relativos distanciamientos político-ideológicos entre los líderes de las FARC y los líderes de la revolución cubana.

Porque además, la revolución cubana y el Partido Comunista de Cuba, mas allá de su origen herético y su gran independencia inicial, más allá del peso de la cubanidad a su interior, también fue influido por la URSS (incluso más allá de la gravitación del viejo PSP pro-soviético), al punto que su modelo de transición al socialismo resultó impregnado en no pocos aspectos por los grados de dependencia de esa gran potencia euro-oriental y por el peso de su gravitación ideológica.

La “copiadera”, como el propio Fidel la bautizó, no fue poca cosa, aunque siempre hubo tensiones y choques entre los/as más inclinadas hacia la sovietización y los/as defensores/as de la originalidad.

Fidel, pese a su indiscutible espíritu independiente y creador, resultó ser un gran árbitro de esas tensiones y por tanto hubo de representar expresiones combinadas de esas corrientes y balancear situaciones. Nunca se produjo la subordinación total, pero si no pocas concesiones y pasos condicionados junto a expresiones de autodeterminación y hasta de rebeldía.

Esto también se reflejó en la política exterior del partido y del Estado, donde se registran muchas iniciativas soberanas y también actitudes complacientes como fue el respaldo a la intervención soviética en Checoslovaquia y la aceptación, sin una reflexión critica, del status quo del sistema soviético afectado por una crisis evidente. A estas alturas todavía el PC de Cuba no ha hecho un análisis institucional que explique a profundidad las causas del derrumbe del llamado socialismo real.

La escuela del pensamiento soviético, el marxismo dogmatizado, penetró profundamente en la academia cubana, sobre todo en las ciencias sociales, en el sistema de educación, en el partido, en las fuerzas armadas y en muchas otras instituciones cubanas.

En consecuencia, nos se ajustaría a la verdad histórica presentar a las FARC como seguidores del PCUS y al Partido Comunista d Cuba como algo totalmente independiente y distinto como se ha insinuado.

La evolución de las FARC hacia un marxismo cada vez más creador, hacia una certera combinación del pensamiento socialista revolucionario moderno con el bolivarianismo, es cada vez más acentuada y esa realidad merece ser valorada en el debate actual. En las FARC se estudia a Marx, a Lenin, a Rosa Luxemburgo, al Che, a Fidel, a Mariátegui, a Gramsci, a Bolívar, a Martí, y a los pensadores revolucionarios de estos tiempos. Esto coexiste también con un pesado lastre dogmático.

Cuba avanzó muchísimo al inicio en cuanto pensamiento critico, a la recuperación del pensamiento martiano y a su combinación con el marxismo herético. Pero ha sufrido serios periodos de involución por la gravitación de la escuela soviética, conservando y desarrollando a la vez una gran cantidad de cuadros y dirigentes reacios al dogmatismo y defensores de un marxismo creador y un pensamiento crítico e innovador.

Perdura esa brega histórica y hoy ella tiende a expresarse con renovados bríos cuando se pone a la orden del día la necesidad de un cambio de modelo, de una nueva transición revolucionaria que supere el burocratismo y el estatismo mediante un programa de socialización de la propiedad y de la gestión publica, y transformaciones políticas y sociales hacia una democracia más participativa y más integral.

No ingerencia

Los limites entre la ingerencia y al solidaridad no son fáciles de establecer, sobre todo en el terreno de las relaciones entre fuerzas revolucionarias desiguales y con escenarios y procesos de lucha diferentes. Igual la relación entre hegemonía, seguidísimo, independencia y vínculos mutuamente respetuosos.

La experiencia vivida indica que las tensiones y contradicciones que esas relaciones generan resultan más difíciles de resolver armónicamente cuando uno de las partes se constituyen en fuerza conductora de una revolución transformada en poder.

No pocas veces el equilibrio necesario se rompe y las tendencias a la imposición y a la dependencia afloran.

Pero también suceden estas situaciones en las relaciones entre Estado y gobiernos aliados y entre Estado y gobierno disímiles.

Cuba ha sido muy cuidadosa en el tratamiento de las relaciones con otros gobiernos y Estados latinoamericanos con regímenes económicos, sociales y políticos diferentes.

Fidel ofrece en “La Paz en Colombia” varias muestras de su delicadeza en ese plano y también saca a relucir actitudes prudentes y respetuosas con otras fuerzas revolucionarias de la región.

Eso ha sido así en términos concretos. Pero no siempre, ni en todos los periodos, casos y circunstancias.

Pero además, la delicadeza que puede tener Fidel, no siempre las tienen todos lo cuadros y funcionarios de los departamentos de la Sección Internacional del PC de Cuba o del aparato diplomático cubano.

En el periodo de predominio de la concepción “foquista” (versión reduccionista de su propia y certera variante guerrillera) se implementaron no pocas veces métodos ingerencistas, modalidades de reclutamiento, presiones indirectas y directas que conformaron actitudes hegemonistas, que a su vez estimularon posiciones seguidistas que hicieron daños a diferente proceso nacionales. Esto también se ha expresado en otras circunstancias.

La tolerancia frente a la diversidad revolucionaria no siempre ha acompañado la política cubana, menos aun cuando se han expresado crítica o diferencias significativas respecto al modelo vigente en Cuba y a los modelos de transición socialistas. Me refiero a críticas o divergencias desde claras posiciones de izquierda, revolucionaria, socialista, comunista.

Los protagonistas de las revoluciones triunfantes tienden a ver los demás procesos a través de sus propios lentes y experiencias vividas, y tienden a responder al acoso imperialista y a la hostilidad de otros Estados con esa visión sesgada, empeñándose en la expansión de esa experiencia en forma un tanto mecánica.

Esos factores se cambiaron en Cuba para fortalecer tendencias a la instrumentalizar otros movimientos revolucionarios en función de ese interés y de esa visión.

Posteriormente la contaminación dogmática ha tenido presencia significativa en no pocas instancias del partido y el Estado cubano, generando diversos grados de intolerancia y la consiguiente penalización de la no coincidencia.

Dirigentes, cuadros, militantes y organizaciones revolucionarias, históricas y firmemente solidarias con la revolución cubana (como los/as que más), pero no incondicionales y si con capacidad y valor crítico, han sido progresivamente marginados/as, excluidos/as de determinados escenarios e incluso descalificados con opiniones no veraces e estigmatizaciones injustas…por el hecho de plantear una visión diferente sobre la construcción del socialismo, las relaciones partido-estado, el tipo de democracia, los procesos de burocratización y dogmatización, y las políticas implementadas en una u otra vertiente.

Y lo digo por experiencia propia y también ajena.

La dirección revolucionaria cubana tiene muchos méritos y no pocas virtudes y aciertos. Pero en verdad no es acertado considerarla infalible o ponerle 100 en todas las materias.

En las relaciones de amistad cooperación y solidaridad se han cometido errores significativos que no se deberían obviar a la hora de evaluar.

No han faltado excesivas preeminencias de las relaciones de Estado y de gobierno sobre –y a veces en detrimento- de relaciones solidarias con las fuerzas revolucionarias de los países con los cuales Cuba tiene vínculos oficiales y de otra índole de Gobierno a Gobierno.

A menudo la prioridad política desde la óptica revolucionaria se invierte, sobre todo si las organizaciones revolucionarias están enfrentadas a esos gobiernos.

La tendencia a valorar a los demás gobiernos y partidos por la actitud que tengan frente a Cuba muchas veces predomina por sobre sus negativas características políticas e ideológicas y por sobre sus nefastas prácticas de gobierno al interior de sus países.

Esto casi siempre desata presiones de hecho y distanciamientos notables entre los actores revolucionarios de ambos países, y generalmente del más fuerte hacia el más débil, que tiende a perder mesura y delicadeza. Y eso también ha pasado en la política e instituciones de Cuba encargadas de las relaciones internacionales.

Creo que en diferentes grados, según los temas y periodos, muchas de estas reacciones y posicionamientos dieron lugar a inconsecuencias y a enfoques y posturas no acertadas respecto a las FARC y al proceso colombiano.

Guerras cortas y guerras prolongadas

Es verdad que las circunstancias de la guerra revolucionaria en Cuba han sido muy distintas a la de Colombia. Y por eso mismo no creo que sea uno de los factores que motivan las contradicciones reales entre la dirección cubana y las FARC, la diferencia de criterio sobre la duración de la guerra popular, como creo que ningún líder revolucionario desea prolongar la insurgencia armada por prolongarla. Los tiempos varían porque las condiciones son distintas.

En el caso de las FARC, como en el del ELN, no se trata de una determinación antojadiza, de un criterio pre-determinado al margen e las condiciones y circunstancias en que se desarrollan sus luchas, de un interés de permanecer más del tiempo necesario armas en manos en las montañas. Es más bien un dato de la realidad, una situación impuesta por circunstancias específicas.

La disposición, la preparación mental y logística para combatir por un largo periodo generalmente se deriva del análisis de la correlación de fuerzas, de la naturaleza del régimen opresor, de la magnitud de la guerra desatada desde el poder y del respaldo externo que pueda recibir la oligarquía y la partidocracia dominante.

No era lo mismo enfrentar militarmente al régimen de Batista o al de Somoza, que dar inicio a la lucha armada a partir de la guerra sucia desatada por a oligarquía conservadora colombiana y posteriormente reforzada.

No es lo mismo la insurgencia armada antes o después de la victoria cubana, ni después la intervención en República Dominicana.

El enemigo posteriormente ha desarrollado la concepción y las técnicas de contrainsurgencia a niveles insospechados, diseñó las guerras de baja y mediana intensidad, y el imperialismo estadounidense decidió potenciar variadas formas de intervención militar y renovadas generaciones de armamentos.

A Colombia le ha tocado una de las peores situaciones para resistir.

Por eso se puede estar de acuerdo con la modalidad de insurgencia cubana en su situación específica y también con las características de la guerra popular en Colombia, una con desenlace victorioso de corto plazo y otra de larguísima duración y todavía pendiente de decisión final. No creo que haya que contraponer estos procesos y derivar contradicciones donde realmente no las hay.

A ese tipo de lucha como a cualquier otro no se le pueden poner plazo, aunque es natural preferir el desenlace triunfal en corto plazo. Definitivamente esto no depende de la voluntad o el deseo de sus protagonistas y conductores. Tampoco lo determina una concepción específica desligada de la realidad.

La silla vacía

Dejar la silla del comandante Manuel Marulanda vacía en el acto de inauguración de lo diálogos del Caguán no fue necesariamente un error, ni tampoco revela desprecio por el diálogo y la negociación.

Creo con Fidel que Marulanda fue un dirigente de una gran honestidad, sagacidad política, inteligencia y genialidad militar. En consecuencia no tenía que mentir para explicar su ausencia en esa ceremonia, mucho menos actuar torpemente para darle ventajas o crear situaciones aprovechables por el Presidente Pastrana.

Si habló de trama para matarlo a él y a Pastrana en esa ocasión, es porque tenía las informaciones correspondientes.

A esa actividad yo estuve invitado y llegué un poco tarde porque hubo retraso en el visado. José Arbesú ya se había marchado, pero estuve con el comandante del FMLN, Leonel González, con el Secretario General del PC Argentino, Patricio Echegaray, con la dirigente comunista uruguaya, Marina Arismendy, con Raúl Reyes, Jorge Briceño, Joaquín Gómez y Manuel Marulanda, con otros dirigentes comunistas de América Latino y el Caribe y con muchos otros comandantes y combatientes farianos.

Allí pasamos varios días y fue entonces cuando sostuve un largo intercambio con el camarada Manuel Marulanda, sobre el cual he escrito en varias oportunidades.

Recuerdo que se nos informó de la razón por al cual el camarada Manuel no asistió a ese acto. Se habló del posible atentado y además se nos dijo que el tema de su presencia allí estuvo cruzado por el análisis de su conveniencia o no, dado que era necesario ponderar muy bien si convenía o no crear muchas ilusiones en esos diálogos, dada su fragilidad.

La presencia del comandante en jefe de las FARC podía desatar expectativas por encima de las posibilidades reales y favorecer un cierto entrampamiento. Pero siempre se nos aclaró que las informaciones de última hora sobre el atentado fue lo determinante en esa decisión no asistir.

Se trató de hechos y razonamientos políticos de relevante importancia, no de indisposición caprichosa y predeterminación negativa a la negociación. Y esto último lo prueba que mas adelante el camarada Manuel se entrevistó varias ocasiones con el presidente Andrés Pastrana.

Los informes a Fidel

No voy aquí a analizar hasta donde las informaciones recibidas por Fidel de parte de sus enviados o delegados reflejan o no fielmente los contenidos de las conversaciones de éstos con los comandantes de las FARC.

Tampoco voy a entrar en el tema de hasta donde el mensaje escrito por el camarada de las FARC, Marcos Calarcá refleja exactamente lo comunicado por el comandante Marulanda y si se trata o no de una versión casi cablegráfica.

Eso le toca hacerlo a los candidatos farianos que participaron en esas conversaciones y que conocieron en detalle el pensamiento del camarada Manuel Marulanda sobre el tema en cuestión.

Lamentablemente el líder de las FARC está ya imposibilitado de ver y valorar lo que le informaron a Fidel y lo dicho por Fidel.

Si hay que tener en cuenta que con los informes de ese tipo, que no son trascripción de grabaciones, ni versiones taquigráficas traducidas, acontece casi siempre, que por resumidos, resultan esquemáticos y/o incompletos.

Pero además, siempre el que lo escribe le imprime su subjetividad, su percepción, no necesariamente exacta o fiel a lo que se dijo o se quiso decir; es común que se cuele algo de su valoración y hasta de sus prejuicios.

A mi me ha pasado no pocas veces y ahora me viene a la mente como fue deformada por dos camaradas cubanos una intervención que hice en un seminario del PT de México, a raíz de un debate sobre las experiencias socialistas cubana, china, vietnamita y coreana.

El informe sobre lo que dije allí, llegó a la alta dirección cubana, específicamente a José Ramón Balaguer, entonces responsable ideológico y de relaciones internacionales del PCC, totalmente distorsionada y eso contribuyó a enrarecer nuestras relaciones.

No digo que el caso de los intercambios colombo-cubanos eso haya sido así, mucho menos con esas características y en esa dimensión, pero cuando se emplean esas formas de comunicación la posibilidad de la inexactitud y la deformación existe y solo los protagonistas directos de esos diálogos pueden en ese orden hacer las precisiones y observaciones de lugar.

Voluntad negociadora y posibilidad de acuerdos

Pienso sinceramente que en los diálogos del Caguán no se enfrentaron un Pastrana (o el gobierno colombiano) con voluntad de negociar y llegar a acuerdos y un Marulanda (Secretariado FARC) escéptico, desconfiado, desinteresado en negociar y negado a llegar a acuerdos posibles.

Puedo estar equivocado –y lo he estado no pocas veces- pero esa valoración de las partes es la impresión que me dejaron los testimonios y valoraciones tanto de los compañeros cubanos que participaron en las conversaciones con ambas partes como el propio compañero Fidel. Percibí en sus escritos que estiman que el presidente colombiano estaba en mejor disposición para los diálogos que la comandancia fariana y que el propio Marulanda.

Creo, repito, que realmente eso no fue así.

Entiendo que íntimamente ambas partes sabían que era prácticamente imposible que esos diálogos dieran frutos concretos para la superación del conflicto armado; esto es, que concluyeran con un desenlace exitoso para cada parte y en un acuerdo beneficioso para el país.

En el fondo de sus almas –y no estaban despistados- sabían que cualquier acuerdo implicaba grandes ventajas para una de las partes, debido a la esencia narco-paramilitar-terrorista del Estado colombiano, a las características de la oligarquía y de la derecha colombiana, y a los niveles de intervención militar estadounidense en ese país incluidos los planes militares del Pentágono relacionados con la conquista de la Amazonía.

Ambos sabían eso, pero a ambos les convenía políticamente abrir esos diálogos y mostrarse en favor de la paz anhelada.

Los diálogos del Caguán tuvieron mucho de encuentro de jugadas políticas dirigidas a ganar tiempo y espacios políticos desde las dos partes. Pero ellas estaban convencidas de que razones estructurales relacionadas con la naturaleza del poder y la dominación en Colombia impedían producir acuerdos mutuamente ventajosos y significativos, incluso un acuerdo “suis generis”, que al parecer era una de las convicciones y de las sugerencias de Fidel. En fin de cuentas Pastrana no podía echar a un lado el poder real en que estaba sustentada su presidencia.

Y digo al parecer, porque aunque de eso se habla en el libro, en él no se incluyó el texto integro del mensaje enviado por Fidel a través de Arvesú sobre ese y otros aspectos. Otros informes y mensajes fueron incluidos textualmente, pero de ese solo aparecen alusiones parciales a su contenido.

Aprehensiones y desconfianzas justificadas

Marulanda y los comandantes de las FARC tenían muchas razones para desconfiar de la reales intenciones de Pastrana, pese a éste mostrarse aparentemente muy interesado en dialogar, negociar y llegar a acuerdos sinceros.

Así se expresaba el entonces presidente colombiano, posiblemente con mayores énfasis frente a Fidel, y es lógico que tal discurso fuera bien apreciado por éste, más si se partía de una convicción que consideraba posible y conveniente un desenlace positivo de esas negociaciones, aun fuera con determinadas limitaciones. (Me refiero al acuerdo “sui generis” que al parecer tenía en mente el líder de la revolución cubana)

Las FARC, que ya antes había sufrido las consecuencias de las trampas oficiales y que sin dudas estaban muy bien enterada de lo que se movía en el seno del narco-poder colombiano, de las Fuerzas Armadas regulares, del para-militarismo, de la oligarquía y los planes conjunto con el imperialismo estadounidense y con sus socios y mecanismos militares (Pentágono, CIA, Israel, Mossad, tropas, bases militares…), tenían razones fuertes para ser sumamente desconfiadas y escépticas en relación con ese nuevo proceso de dialogo.

Sin embargo, propició y no rehusó participar en los diálogos y negociaciones, más bien los puso a prueba; siempre con la convicción francamente expresada de que no debía desarmarse, no debía desmovilizarse. De que la salida política al conflicto armado debía incluir, además de un programa que atacara las profundas causas de la guerra, su participación en el nuevo poder como factor armado y fuerza política, la disolución y castigo al para-militarismo criminal, la recuperación de la soberanía nacional y el cese de la intervención militar estadounidense.

Esta visión se justificaba mucho más por lo acontecido en el pasado reciente colombiano con las organizaciones desmovilizadas y por la matanza que acompañó a su sincero esfuerzo por participar desde el PC y desde la Unión Patriótica en el proceso político legal; e incluso se justificaba por lo acontecido en Centroamérica con los acuerdos de paz.

Las propuestas de las FARC-EP, especialmente aquellas que daban garantías difíciles de revocar, encontraron la resistencia esperada.

No fueron las FARC que bloquearon las negociaciones, sino una realidad muy fuerte que aprisionaba a un gobierno débil, presto a hacer concesiones a los poderes fácticos, y especialmente al imperio, y muy proclive a no atreverse a transgredir ciertos límites vetados por los grandes poderes colombianos y transnacionales.

En se contexto tenía mucha lógica aquello de seguir los combates, de intentar cambiar a favor la correlación de fuerzas militares, mientras continuaban los diálogos. Esa línea les dio muy buenos resultados a los camaradas vietnamitas.

Dentro de esa lógica se ubicaba también su solicitud de armas antiaéreas a las fuerzas amigas, algo que todavía no ha encontrado la receptividad necesaria que si logró el Frente de Liberación de Vietnam.

En la mesa de diálogo se confirmaron las previsiones de las FARC en cuanto a las posibles reacciones del poder establecido y del gobierno de turno, mientras Pastrana. pactaba de la peor manera con los halcones de Washington.

Marulanda posiblemente conocía tanto o más que Fidel la personalidad de Andrés Pastrana, y coincidió con éste en la valoración de sus rasgos positivos, pero observó con razón que no creía en su independencia respecto a EE.UU.

Marulanda tenía entre ceja y ceja –con toda razón- la idea de que el poder imperialita estadounidense estaba decidido a propiciar la intervención militar, a escalar su presencia directa en Colombia, para hacer más difícil la victoria total y bloquear cualquier posibilidad de una salida intermedia, progresista y soberana, que apuntara en dirección de desmontar las bases de la dependencia, el dominio oligárquico y la preeminencia de los protagonistas de la guerra sucia.

Todo esto se confirmó.

Pastrana podría creer en la seriedad de Cuba, tratar con mucho tacto e inteligencia esa relación, mostrarse receptivo frente a Fidel, reconocer su actitud sincera, pero finalmente pactó de la peor manera con Bush y el poder imperialista estadounidense.

Andrés Pastrana fue la contrapartida deshonrosa del Plan Colombia-Iniciativa Andina acordado en Washington, del convenio con Bush que elevó la ayuda militar gringa para la contrainsurgencia de cien millones de dólares a 3,200 millones en el período 1999- 2003. Y eso no es paja de coco.

Precisamente él fue quien gestionó y logró el “cambio del uso de la ayuda militar” de manera que todos los equipos donados pudieran ser utilizados contra “el narcotráfico” y contra “los grupos armados ilegales”, estos últimos prioridad de la política de guerra de los halcones de Washington.

Después de esa visita de Pastrana a Washington comenzaron a fluir hacia Colombia los helicópteros de último modelo y los equipos militares sofisticados. Con razón Andrés Pastrana fue el cuarto presidente recibido por Bush en el inicio de su gestión, como el mismo revela junto a estos datos. ¡Un buen pago a la sumisión!.

Cierto que con esa “sincera explicación” de lo acontecido el ex-presidente asumió abiertamente sus responsabilidades históricas, como dice Fidel. ¡Responsabilidad realmente deleznable!

En los hechos, Pastrana se mostró partidario de la paz para ganar tiempo, para avanzar hacia la ejecución del funesto Plan Colombia y para aliarse más firmemente con Bush para hacer la guerra. Potenció la “paz” con Bush para hacerle la guerra a Marulanda.

Esa fue la estocada final a los diálogos del Caguán. Tuvo razón le comandante Tiro Fijo, quien si bien sabía “mandar hombres” (y mujeres), indudablemente tenía un “tino” político muy selecto, un conocimiento profundo de su realidad y una inteligencia fuera de serie.

Pastrana podía tener todas las dificultades y limitaciones para enfrentar el tema para-militar, pero por eso no había que cederle en tan importante problema. A las FARC no se le puede exigir comprensión frente a gobernantes que no se atrevan o que no tengan fuerza para extirpar ese “cáncer” de la sociedad colombiana.

Si se reconoce –como lo hace Fidel- que ninguna fuerza verdaderamente revolucionaria debe “deponer las armas”, mucho menos “rendirse”, tampoco puede pedírsele a las FARC, que en aras de un supuesto acuerdo de paz, su valiosa e histórica acumulación de fuerza y experiencia militar en defensa del pueblo, quede relegada y sea simplemente destinada a combatir el narcotráfico, aun dentro de un compromiso general de políticas sociales avanzadas.

Porque está clarísimo que si la salida negociada no incluye cambios sustanciales en la esencia del poder permanente –incluido el poder militar- todo lo demás no tardaría en ser revertido.

El nudo de las diferencias

Por todo esto pienso que el nudo gordiano de las diferencias entre la política cubana y la línea de las FARC no está centrado en el tema de las concepciones operativas, de los llamados secuestros o captura de rehenes, de los prisioneros de guerra, de las metas de reclutamiento…sino en las distintas apreciaciones y posicionamientos sobre las perspectivas o no de un cambio político sustancial en ese país, en la pertinencia o no de la prolongación de la lucha armada mientras eso no se logre, en las políticas respecto a los gobierno colombianos y específicamente frente al gobierno de Uribe, en la vía para derrotar el guerrerismo terrorista de ese régimen y del Estado colombiano tutelado por EE.UU.

No ha existido –o son excepcionales- insurgencias armadas que no hayan hecho prisioneros militares y civiles, y capturados rehenes para lograr concesión de un enemigo siempre cruel. Y las condiciones y tiempos de retención puedan variar en función de si las guerras son largas o son cortas, sobre todo cuando el enemigo se resiste al canje humanitario.

Las FARC, que son una especie de poder paralelo, no captura personas para pedir rescates económicos como hacen los paramilitares –e incluso otros movimientos revolucionarios-, sino que imponen su ley, multan, sancionan, y se disponen a ceder a cambio de la libertad de los luchadores/as revolucionarios/as en manos del enemigo, en cárceles inmundas y centros de torturas.

Las FARC no humilla ni maltrata, y la prueba más fehaciente de esto es el estado físico y de salud de los(as) rehenes que recientemente escaparon de sus “cárceles”.

Tampoco creo que las FARC le hayan asignado un ritmo lento al proceso, sino que el ritmo esta determinado por una realidad objetiva. Nadie en tales condiciones por su propia voluntad desea prolongar la victoria y los avances.

Las metas de crecimiento informadas a Fidel, que de haberse cumplido indican que sus efectivos son ya mucho más que los 10 mil que existían cuando aquella conversación con la delegación de la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar, no era un propósito que detenía su accionar -ni mellaba- su voluntad de avanzar, sino una necesidad para hacerlo más rápido y con más contundencia.

No se si es verdad –y desconozco las causas que podrían motivar una actitud de ese tipo- que las FARC, por una determinada concepción operativa, no se decidía a “cercar batallones de tropas enemigas” y a “obligarlos a la rendición”, como se hacía desde la Sierra Maestra. No se. Esto también le toca tratarlo a los comandantes de las FARC.

Si se que la tecnología militar empleada en estos tiempos por el enemigo imperialista y los ejércitos locales están a mil años luz de las que se aplicaban en los finales de los años ´50 y los ´60. Que en Colombia están de lleno los gringos con su inmensa capacidad en ese orden y que todavía las FARC no ha podido conseguir medios antiaéreos y equipos que le permitan dar un gran salto cara a la ofensiva general que tienen diseñada.

Pero además, de seguro que las FARC han podido cometer no pocos errores, incluso superiores a los que Fidel le supone, pero eso no es razón que justifique la posición política del Partido Comunista de Cuba respecto a ellas y al proceso colombiano.

El propio Fidel, que en su libro “La Paz en Colombia” ha contribuido a exaltar los valores del liderazgo fariano, las virtudes de Marulanda, la certeza en no deponer las armas, las atroces experiencias de las desmovilizaciones en ese país. Pero se detiene en las pasajes y situaciones comentadas, se limita a hechos pasados y deja sin escribir, por razones de Estado y sentido diplomático, las páginas que merecen la naturaleza del régimen de Álvaro Uribe Vélez, la personalidad de ese nefasto personaje, sus vínculos y acuerdos de gobierno a gobierno con la Cuba de hoy, sus diabólicos compromisos con Bush y los halcones, y el auge de la criminalidad de Estado y su asociación con el para-militarismo y al narco-poder durante sus dos mandatos de gobierno.

Pero lo peor es que desde Cuba y desde una parte significativa del movimiento progresista y de izquierda continental y mundial, no se estimula el necesario despliegue solidario con el masacrado pueblo colombiano, con su presos y torturados, con los desplazados y robados, con las familias víctimas de asesinatos, secuestros y desapariciones de corte oficial, contra los despojos y expoliaciones, contra el entreguismo descarado de ese régimen.

No se produce la debida condena que contribuya y tienda a aislar y a derrotar el uribismo, paso importante para avanzar hacia la paz.

Pareciera a veces como si el causante de la guerra, de su intensificación y sus expresiones aberrantes, fuera el movimiento insurgente y no la continuidad de la guerra sucia desde ese Estado y ese gobierno tutelado y asistido por el tenebroso imperialismo estadounidense. Se suceden los escándalos de un poder podrido y no se le dan ni los espacios ni la sanción política debida.

Si loable fue la solidaridad cubana con la insurgencia centroamericana y las fuerzas opositoras-progresistas de esos países, ese es un buen ejemplo a imitar en el caso colombiano.

Hay que ayudar a confluir, a unir, en un gran torrente la diversidad social, cultural, política y militar alternativa de ese país; hay que potenciar la solidaridad de todo tipo con todos sus componentes para que puedan llevar a feliz término el cambio anhelado.

No se trata solo de ver las posibilidades o no de la victoria desde el ángulo técnico-militar, sino de tener en cuenta todos los factores (políticos, militares, culturales, sociales), que si pueden hacer posible el triunfo político, el cambio de verdad, que por demás no tiene formas y modalidades predeterminadas y habrá de ser muy original y de ninguna manera rectilíneo, ni mucho menos solo autoría fariana o insurgente.

Insisto en que el nudo de la divergencia está en esos temas políticos cruciales. Estoy convencido que en el caso cubano los errores e insuficiencias señaladas no tiene su matriz en un actitud claudicante, ni una concepción conciliadora con le imperialismo y la oligarquía colombiana, sino en los límites que le imponen a su política exterior y a su línea de solidaridad -extraordinariamente virtuosa y generosa en al cooperación en materia de salud, educación y otros renglones- el modelo vigente en Cuba, las estructuras estatistas-burocráticas, la fusión del partido y el Estado, la no separación de roles y la afectación del internacionalismo revolucionario por la diplomacia y la razón de Estado.

Y no es un fenómeno exclusivamente cubano, ni siguiera es en Cuba donde se ha expresado de la peor manera, por el hecho de que la generación histórica de la revolución, con su marcada sensibilidad y la fuerza de su tradición revolucionaria, sigue desempeñando papeles relevantes. En el ex –”campo socialista” hay muchas historias tristes que contar.

Este fenómeno negativo se da al margen del deseo íntimo de las personalidades políticas y condiciona no pocas veces su accionar sobretodo cuando conservan sus profundas convicciones revolucionarias pero a la vez ejercen funciones de Estado.

Este es un fenómeno común al llamado “socialismo de Estado” y por eso el debate sobre el nuevo socialismo, resultado del análisis crítico y auto-crítico de las experiencias socialistas fallidas y de la lucha contra el capitalismo en crisis, es hoy tan importante y actual.

Más cuando los cambios negativos en la correlación de fuerzas provocados (por los efectos del colapso del denominado “socialismo real”) están siendo sobrepasados por cambios en el sentido opuesto, por el avance de las opciones de izquierda y el desarrollo exitoso de procesos originales, de transformaciones avanzadas; por la posibilidad, en fin, de nuevas revoluciones y liberaciones.

Más cuando la crisis del capitalismo estadounidense y mundial (crisis financiera, económica, de sobre-producción, social, ecológica, militar, urbanística, moral, con tendencia a la sub-producción) es tan profunda y puede ser muy prolongada.

Estamos ante una gran oportunidad y es preciso apretar las filas revolucionarias, superar desencuentros y hacer rectificaciones trascendentes. Y en ese orden es oportuno pensar en la importancia de un cambio en Colombia, que pasa por la confluencia de todas las fuerzas transformadoras del interior y el exterior.

A manera de colofón

Finalmente debo decir que todo lo escrito por mi comentando “La Paz en Colombia” de Fidel no tiene rango de verdad absoluta, ni nada parecido. Son simplemente opiniones que deben ser sometidas a la prueba del acierto y del error.

Opiniones sinceras, sin segundas intenciones. Expresadas desde un gran respeto y un reconocimiento a la condición de prócer de nuestra América del autor de esta obra. Y esto así porque creo que ningún(a) revolucionario de verdad –y siempre he pretendido serlo- puede dejar de admirar la revolución cubana, mucho menos dejar de sentir un profundo cariño por su principal conductor, ser de una inmensa humanidad.

Esto, en mi convicción, no es en absoluto opuesto a la necesidad y conveniencia de disentir y debatir con altura y a la mayor profundidad posible los problemas que nos conciernen y las disparidades que se presentan. Todo lo contrario, la incondicionalidad le hace mucho daño a quien se aprecia y se respeta, y también a quien la practica.

Hay quienes asumen el reconocimiento a los grandes líderes con espíritu sumiso y pronunciada dependencia. Yo, por el contrario, pienso que ayuda enormemente a todos los partes preservar el espíritu independiente y el pensamiento crítico precisamente frente a quienes tienen tanta capacidad, poder, influencia y sensibilidad humana.

6 de diciembre 2008, Santo Domingo.