Mariátegui y el Che: ideas paralelas en torno al internacionalismo

Daily Pérez Guillén

Escribir sobre las ideas de Mariátegui y el Che en torno al internacionalismo podría parecer un atrevimiento intelectual, pero más bien es un desafío. Para acercarse un tanto a las concepciones de cualquiera de estos dos pensadores habría antes que comenzar por los clásicos del marxismo y hasta sus revisionistas y detractores. Nada en la materia del aprendizaje de esa filosofía les fue ajeno. Esta raíz común sobre la que desarrollaron su pensamiento y la capacidad de análisis para interpretar los hechos de su entorno hacen visibles puntos de coincidencia entre Mariátegui y el Che a pesar de las décadas que separan sus vidas.



Con poco más de veinte años Mariátegui arribaba a Europa en octubre de 1919. Atrás dejaba el diarismo de sus crónicas periodísticas y se lanzaba, sino a los descubrimientos, sí a las esencias de aquellas inquietudes filosóficas que lo rondaban. En plena madurez confesaría que antes de partir ya sus ideas estaban orientadas resueltamente hacia el socialismo.

Entonces el viejo continente acababa de salir de la primera gran confrontación bélica del siglo y atravesaba una profunda crisis material y cultural que dejaba ver las grietas del sistema capitalista. Con la guerra se habían disuelto los grandes imperios y en su lugar aparecían regímenes con tendencias socialdemócratas, fascistas, monárquicas, todos calados por enfrentamientos políticos entre partidos con millones de adherentes.

En Europa Mariátegui podía sentir el auge del socialismo no solo entre disquisiciones intelectuales sino en los hechos de la vida cotidiana. La creación de partidos comunistas y la consolidación de la Revolución rusa acaparaban la atención del momento. El triunfo de octubre mostraba un cambio en las posibilidades de liberación de la humanidad y representaba una ampliación real del pensamiento y del conocimiento, sobre todo en el objeto del marxismo. La revolución bolchevique pretendía cambiar la vida de decenas de millones de personas y en ese sentido protagonizaba el primer intento de liberación total de los individuos y la sociedad.[1]

De cerca pudo conocer las experiencias revolucionarias truncas de Alemania, Hungría e Italia, protagonizadas por el proletariado de esos países. En Italia, donde reside Mariátegui por más tiempo, es testigo de la imposición del fascismo ante la caída de un liberalismo abdicante y fraccionado y de la tragedia de una nación dividida por la crisis y los desiguales niveles de desarrollo. Allí también entabla relación con un grupo de intelectuales turinenses nucleados alrededor del semanario L’Ordine Nuevo, fundado por Antonio Gramsci, quienes hacían una lectura crítica de la concepción evolucionista de la Segunda Internacional y el etapismo de la Tercera, con el propósito de refundar un marxismo revolucionario.

Las concepciones de Marx le llegan ahora con el filtro de las corrientes románticas revolucionarias de principios de siglo. Accede al idealismo historicista de Croce y Sorel y al vitalismo de Bergson, pero también conoce a Nietzsche, Freud, Breton, Unamuno, Romain Rolland. En el vínculo “creativo” que establecerá más tarde entre el marxismo europeo y la realidad del Perú se verán los elementos rupturistas e iconoclastas que esta relación deja en su obra.[2]

Algún tiempo después del regreso a Perú en marzo de 1923, escribiría: “Nos habíamos entregado sin reservas, hasta la última célula, con un ansia subconsciente de evasión, a Europa, a su existencia, a su tragedia. Y descubríamos, al final, sobre todo, nuestra propia tragedia, la del Perú, la de Hispano- América. El itinerario de Europa había sido para nosotros el del mejor, y más tremendo, descubrimiento de América.”[3]

Veinte años posteriores al retorno de Mariátegui, el entonces joven Ernesto Guevara se disponía a volver a los caminos de América. Entonces ya no era la misma de principios de siglo. Estados Unidos consolidaba su hegemonía sobre nuestras tierras y la política de “guerra fría” intentaba contener el florecimiento de cualquier movimiento con matices comunistas.

Un año antes, durante 1952 el joven Guevara había recorrido casi todo el continente desde su partida de la capital Argentina, pasando por Chile, Perú, Colombia y Venezuela. Esta experiencia no constituiría para él solo el descubrimiento de la mayúscula América, sino el encuentro con otro yo interior.

En julio de 1953 Ernesto enrumbaría hacia Bolivia donde el clima estaba matizado por las transformaciones políticas, económicas y sociales que la Revolución de abril, dirigida por el Movimiento Nacional Revolucionario, ejecutaba en ese país. A la mirada incisiva de Ernesto no escapó la inoperancia del gobierno para encausar a las masas de campesinos y mineros que lo apoyaban y la reacción de la burguesía, tradicionalmente discriminatoria con los indios y mestizos, que condenaba la importancia dada a estos en el actual proceso. Sin embargo, en la práctica las estructuras de dominación se mantenían intactas mientras la modernización del estado y el empleo de nuevas fuentes de capital que garantizaran cambios en la economía parecían esfumarse entre las maquinaciones de la oligarquía y el imperialismo.[4]

De La Paz Ernesto continúa su recorrido a través de Perú, Ecuador y más adelante Costa Rica, Panamá y por fin, Guatemala. La experiencia en ese país sería definitiva en su ascenso revolucionario, tanto intelectual como ideológicamente. La intervención armada de Estados Unidos desde Honduras en contubernio con los intereses de la United Fruit Company, cuyas propiedades habían sido nacionalizadas por el gobierno de Jacobo Arbenz, echaba por tierra las conquistas sociales alcanzadas recientemente en el pequeño país centroamericano.

Ante esa situación Ernesto define su posición del lado del Partido Guatemalteco del Trabajo que representaba las ideas comunistas y no duda en escribir en una carta a sus padres en abril de 1954 que América será el teatro de mis aventuras con carácter mucho más importante que lo que hubiera creído; realmente creo haber llegado a comprenderlo y me siento americano con un carácter distintivo de cualquier otro pueblo de la tierra. [5]

A su propia vivencia se unió además la de un grupo de jóvenes exiliados cubanos entre quienes se encontraba Ñico López; perseguidos por la dictadura de Batista después del asalto a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes el 26 de julio de 1953 habían tenido que abandonar la isla. El vínculo con revolucionarios cubanos y su causa se haría mucho más fuerte en México donde Ernesto entabla relación con el jefe del Movimiento 26 de julio, Fidel Castro. Después de una larga conversación entre los dos, el argentino terminaría convertido en el médico de la expedición que a fines de 1956 llegaría a Cuba para derrocar la dictadura y alzarse con el poder revolucionario. En Fidel y su movimiento Ernesto había encontrado materializadas sus concepciones revolucionarias.

De este recuento de las etapas formativas de Mariátegui y Che salen a la luz ejes centrales y coincidentes que irradian hacia el desarrollo de su obra posterior, aun cuando las particularidades de los contextos históricos en que vivieron no fueran las mismas. En primer lugar el conocimiento de la realidad americana. Mariátegui, desde su apropiación de la realidad económica, social y política del Perú que lo obliga a hurgar en los orígenes y el desarrollo posterior de la historia común de los pueblos de América. Che, desde su experiencia concreta como viajero incisivo que no se contenta únicamente con lo que se presenta ante sus ojos, sino que trata de relacionar visión del presente con historia del pasado a través de lecturas, visitas a lugares históricos, bibliotecas, museos… Las vivencias directas de la dominación imperialista. Mariátegui, en el escenario del primer gran enfrentamiento de las potencias capitalistas de la época. Che, en las masas de indios hambrientos, obreros desocupados, jóvenes exiliados, gobiernos derrocados ante el avance de los monopolios y las trasnacionales en América. Y por último, el estudio del marxismo. Mariátegui, a partir de una orientación resuelta hacia el socialismo que lo relaciona con los movimientos y las figuras europeas más actualizadas y avanzadas en la filosofía marxista. Che, desde una vocación humanista y autodidacta que lo acerca a la lectura de los clásicos. Aquí es importante subrayar que ambos supieron tejer y desarrollar una visión autóctona del marxismo.

II

A su regreso de Europa Mariátegui se dedicó a difundir en reportajes, artículos, conferencias, la situación del viejo continente. Cada viernes en la noche los locales de la Federación de Estudiantes o de la Universidad Popular se abrían para escuchar las disertaciones del Amauta. Entonces Mariátegui contaba apenas 27 años de edad pero los cronistas de la época resaltan en sus reseñas el silencio inasible con que los estudiantes y obreros lo escuchaban y los aplausos con que cerraban el final de sus palabras. Las conferencias de Mariátegui están dictadas en un tono coloquial, ameno, sencillo que no opaca en lo absoluto la profundidad de sus razonamientos.

Una de esas noches, el 2 de noviembre de 1923, Mariátegui la dedicó al tema del internacionalismo y el nacionalismo. Es evidente la intención del maestro de hacerle comprender a los trabajadores peruanos la relación directa de la internacionalización de la economía capitalista con su vida cotidiana como punto de partida en la asimilación del fenómeno imperialista. Una lectura de las ideas de Mariátegui, con el antecedente del estudio de las concepciones del Che en torno a este mismo tema, revela la paridad, e incluso, el esquema evolutivo similar para explicar y ahondar en las causas y proyecciones del internacionalismo desde todos sus vértices.

Mariátegui inicia su conferencia apuntando que el internacionalismo no es un ideal sino una necesidad histórica a partir de los vínculos y conexiones en que se desarrolla la vida de la civilización occidental y fundamenta: El internacionalismo existe como ideal porque es la realidad nueva, la realidad naciente. No es un ideal arbitrario, no es un ideal absurdo de unos cuantos soñadores y de unos cuantos utopistas. Es aquel ideal que Hegel y Marx definen como la nueva y superior realidad histórica que, encerrada dentro de las vísceras de la realidad actual, pugna por actuarse y que, mientras no está actuada, mientras se va actuando, aparece como ideal frente a la realidad envejecida y decadente. Un gran ideal humano, una gran aspiración humana no brota del cerebro ni emerge de la imaginación de un hombre más o menos genial. Brota de la vida.

La base de su razonamiento se cimienta en la propia dinámica del capitalismo. Las tendencias que en la civilización occidental procuraban organizar y dar un rumbo común, según intereses específicos, no se manifestaban únicamente entre los proletarios, la burguesía también trataba de agrupar sus fuerzas. El reordenamiento a nivel mundial, que desde antes hacía sentir sus secuelas, pero que sobre todo con la guerra se tornó más evidente, obligaba a reestructurar el orden mundial.

Las propias leyes impuestas por la economía capitalista, imprescindibles para fortalecer su dominio, aceleraban el curso de la internacionalización. El aumento de la producción capitalista impuso al unísono la expansión de sus mercados, de tal modo que el régimen burgués liberó de toda traba los intereses económicos para poder extender la venta de sus productos más allá de las fronteras nacionales. Es precisa la aclaración de Mariátegui cuando señala que en esa conquista de nuevos mercados la mercancía capitalista no reconoce fronteras y pugna por traspasar y avasallar los confines políticos. En ese sentido la concurrencia, la competencia entre los industriales es internacional y la disputa no solo incluye los mercados, sino también las fuentes de materias primas en todo el mundo.

En este punto, Mariátegui ilumina para los obreros peruanos el metabolismo del sistema capitalista. Parte de la condición internacional y cosmopolita de los grandes bancos de Europa y Estados Unidos como inversionistas que manejan la circulación del capital en el orbe. El rentista inglés que deposita su dinero en un banco de Londres ignora tal vez a dónde va a proceder su rédito, su dividendo. Ignora si el banco va a destinar su capital, por ejemplo, a la adquisición de acciones de la Peruvian Corporation, en este caso, el rentista inglés resulta, sin saberlo, copropietario de ferrocarriles del Perú. La huelga del Ferrocarril Central puede afectarlo, puede disminuir su dividendo. El rentista inglés lo ignora. Igualmente el carrilano, el maquinista peruanos ignoran la existencia de ese rentista inglés, a cuya cartera irá a parar una parte de su trabajo.

De este modo caracteriza Mariátegui la vinculación económica de la vida internacional, y concluye afirmando que estos ejemplos sirven para explicarnos el origen del internacionalismo burgués y el origen del internacionalismo obrero que es un origen común y opuesto al mismo tiempo. Para fundamentar su afirmación vuelve sobre los hechos de la realidad y evidencia cómo se interconecta la vida del proletariado a pesar de las distancias geográficas que lo puedan separar. Para la venta de una mercancía a menor precio y más abundantemente, un industrial inglés debe, al mismo tiempo, disminuir el salario de sus obreros. Las fuerzas productivas de fábricas similares en Estados Unidos tendrán interés en que el obrero londinense mantenga su remuneración estable so peligro de padecer ellos mismos las consecuencias de la competencia para posicionar en el mercado mundial la mercancía que ambos producen. Bajo estas condiciones los trabajadores divisan el dominio de la clase capitalista más allá de sus propias fronteras y cobran conciencia de que el enfrentamiento no es solo en contra de la burguesía de su país. Es por esto […] que desde hace más de medio siglo, desde que Marx y Engels fundaron la Primera Internacional, las clases trabajadoras del mundo tienden a crear asociaciones de solidaridad internacional que vinculen su acción y unifiquen su ideal.

No en vano aquel septiembre de 1864, el llamamiento inaugural de Marx en la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores o Primera Internacional, terminaba con las mismas palabras del Manifiesto Comunista: ¡Proletarios de todos los países, uníos! En la exposición de los Estatutos que motivaban la constitución, se plasmaba que la emancipación de la clase obrera no es un problema local ni nacional, sino social: afecta por igual a todos los países que integran la sociedad moderna y no puede resolverse sin una cooperación sistemática y organizada de todos ellos.[6]

Mariátegui tenía plena conciencia de esta relación indisoluble y como el resto de los pensadores marxistas no dudaba en definir al socialismo como el sistema donde vendrían a coincidir las necesidades de los indios peruanos con el desarrollo de la humanidad. Y el fenómeno nacional no se diferencia ni se desconecta, en su espíritu, del fenómeno mundial. […] La levadura de las nuevas reivindicaciones indigenistas es la idea socialista, no como la hemos heredado instintivamente del extinto Inkario, sino como la hemos aprendido de la civilización occidental, en cuya ciencia y en cuya técnica solo romanticismos utopistas pueden dejar de ver adquisiciones irrenunciables y magníficas del hombre moderno.[7]

Con insistencia retoma el Amauta las vías impuestas por el capitalismo para perpetuarse. Es entonces cuando explica cómo el liberalismo burgués tuvo que incluir en su programa el libre cambio. Esta filosofía del capitalismo inglés respondía a la necesidad de expandir su industria libremente en el mundo abatiendo las aduanas en su papel de fronteras económicas. Entonces la paz y el desarme eran preconizados en aras de evitar la perturbación y el desordenamiento de la producción. La sentencia con que concluye Mariátegui se revela como la premisa de sus análisis: En realidad, el capitalismo no podía dejar de ser internacionalista porque el capitalismo es por naturaleza y por necesidad imperialista.

Con la mención a las causas de la Primera Guerra Mundial, evidencia Mariátegui los límites, o mejor, la infinitud de las consecuencias cuando se producen conflictos entre los bloques o conglomerados de los intereses económicos e industriales capitalistas. Sin embargo el propio sistema capitalista europeo, el más sólido, desarrollado de la época, salió en crisis del enfrentamiento bélico, no solo por la ruina material, sino por el irreconciliable desajuste entre las pasiones nacionalistas de los pueblos implicados y la necesidad de la colaboración y la solidaridad para iniciar la reconstrucción. En la sociedad actual la política y la economía han cesado de coincidir, han cesado de concordar. La política de la sociedad actual es nacionalista; su economía es internacionalista.

Para Mariátegui es una verdad evidente el internacionalismo de la vida contemporánea y las necesidades que ello implica. Todo tiende a vincular, todo tiende a conectar en este siglo a los pueblos y a los hombres. Y aquí es sorprendente la importancia que le atribuye a los medios de comunicación masiva, sobre todo si se tiene en cuenta que en los años veinte solo podemos hablar de la prensa escrita, la radio, el cine y las agencias de noticias y, desde el punto de vista teórico, de algunas investigaciones centradas sobre todo en la difusión y transmisión de los mensajes. Sin embargo ya Mariétegui ha reconocido la inmediatez con que puede transmitirse una información de un punto a otro del planeta, las emociones que un mensaje puede suscitar, la utilidad para la propagación de ideas, corrientes del pensamiento y la cultura y la importancia que en el mundo occidental se le atribuye a la prensa. Las comunicaciones son el tejido nervioso de esta humanidad internacionalizada y solidaria. Frase lapidaria, hecha para fines de siglo.

En esa concepción que Mariátegui ha ido formándose de las relaciones y las conexiones del mundo contemporáneo en todos sus niveles hay espacio para prever la institucionalización que a nivel internacional se aproxima en el siglo XX. Denota la tendencia a la creación de órganos internacionales de comunicación y coordinación y se detiene para precisar los que son de su conocimiento en el orden intelectual, científico, artístico…

Con la misma claridad con que en otra de sus conferencias Mariátegui reflexionaba para los obreros europeos sobre la invalidez de la reconstrucción de la sociedad burguesa y les anticipaba otra conflagración en el mundo dentro de cuarenta o cincuenta años, antes tal vez [8], culmina su conferencia sobre el internacionalismo y el nacionalismo. Entre las corrientes internacionalistas, entre los movimientos internacionalistas, se esboza una que es curiosa y paradójica como ninguna. Me refiero a la internacional fascista. Los movimientos fascistas son, como sabéis, rabiosamente chauvinistas, ferozmente patrioteros. Ocurre, sin embargo, que entre ellos se estimulan y se auxilian. […] Hasta el nacionalismo, pues, no puede prescindir de cierta fisonomía internacionalista.

III

Si Mariátegui veía el internacionalismo como una necesidad histórica, Che lo cataloga como un deber y al mismo tiempo, necesidad revolucionaria, insoslayable. Su punto de vista parte de una praxis revolucionaria que ha sintetizado de un modo inigualable el pensamiento con la acción y cuyos fundamentos tienen un asidero común a los del peruano: la comprensión del fenómeno imperialista y su repercusión en todas las esferas de la vida moderna.

Cuando Che se une a la expedición del Granma había interiorizado ya la necesidad de superar y eliminar la sociedad capitalista. Es un convencido del ideal marxista y está dispuesto a llevarlo a la práctica hasta sus últimas consecuencias…La nueva etapa de mi vida exige también el camino de ordenación: ahora San Carlos[9] es primordial, es el eje, y será por los años que el esferoide me admita en su capa más externa […] Los signos son buenos, auguran victoria […] Sabrás que tu hijo, en un soleado país americano, se puteará a sí mismo por no haber estudiado algo de cirugía para ayudar a un herido y puteará al gobierno mexicano que no lo dejó perfeccionar su ya respetable puntería para voltear muñecos con más soltura. Y la lucha será de espaldas a la pared, como en los himnos, hasta vencer o morir.[10]

En breves y sencillos artículos periodísticos que escribiera bajo el seudónimo de Francotirador ya en pleno fragor del combate, para el periódico El Cubano Libre que circulaba entre los guerrilleros –importante recordar que eran campesinos, la mayoría analfabetos; simples obreros, o jóvenes sin una formación política sólida, pero todos con un convencimiento profundo de que el orden de cosas en el país debía cambiar – Che analiza hechos que ocurren en otras partes del mundo. En algunos de ellos el Comandante de la Sierra Maestra establece puntos coincidentes que relacionan la realidad de esos contextos y el cubano, en una clara evidencia de la internacionalización del dominio imperialista en el mundo.

Un fragmento de este que titulara Qué cubano nos parece el mundo puede servir de ejemplo para graficar la coyuntura de los años que sobrevinieron a la Segunda Guerra Mundial y la estrategia seguida por el imperialismo para consolidar su hegemonía en franco desafío al sistema socialista. […] la socorrida acusación de siempre: “comunistas”. Comunistas son todos los que empuñan las armas cansados de tanta miseria, cualquiera sea el lugar de la tierra donde se produzca el hecho; demócratas son los que asesinan a ese pueblo indignado, sean hombres, mujeres o niños. Todo el mundo es cubano y en todos lados ocurrirá como aquí: contra la fuerza bruta y la injusticia, el pueblo dirá su última palabra, la de la victoria.[11]

En esa vocación de redención de los pueblos, Che no vio en la Revolución cubana únicamente la liberación del pueblo de la isla. Quien consideraba a América toda como su patria, valoró la significación que ello podría tener para el resto del continente. Para Che, Cuba había tocado la conciencia de América y alertado gravemente a los enemigos de nuestros pueblos. En consecuencia, la batalla de Cuba sería la batalla de América y si ganaba, América entera vencería en esa pelea.

Con el triunfo de la Revolución, Cuba se convirtió en la vanguardia de todo un continente, y como tal tenía entonces una cuota de deber que cumplir. Cuando Che insistía en el desarrollo de una conciencia y una ética revolucionaria; en la necesidad de desarrollar industrialmente al país; de dar un salto en la técnica; de instruir y educar al pueblo; de prepararlo para el futuro; de hacer nacer un arte nuevo, acorde con su tiempo y la obra que se construía; de crear una nueva cultura; de transformar al hombre, no está pensando solamente en Cuba. Para Che un hombre solo no valía nada, una idea, un país navegando en medio del mar Caribe tampoco. Cuba era y debía ser parte de América, espejo donde se miran todos los pueblos de América.

Che estudió las particularidades de cada uno de los países latinoamericanos. Valoraba las condiciones objetivas y subjetivas para una revolución como la nuestra. Estuvo al tanto de los movimientos de liberación que actuaban en la región y declaró en más de una ocasión públicamente que Cuba no negaba su simpatía y apoyo a esos intentos de llevar adelante la emancipación.

A través de la historia de la dominación imperialista en América Latina, llega Che al análisis del fenómeno del subdesarrollo. En ese sentido introduce enfoques y conceptos novedosos, aportes al pensamiento revolucionario, que contribuyen a la fundamentación de las vías para enfrentar al imperialismo a escala internacional y a las soluciones nacionales para lograr la liberación.[12] […]A nosotros, pueblos de América, se nos llama con otro nombre pudoroso y suave: “subdesarrollados”. ¿Qué es subdesarrollo? Un enano de cabeza enorme y tórax henchido es “subdesarrollo” en cuanto a sus débiles piernas o sus cortos brazos no articulan con el resto de su anatomía; es el fenómeno teratológico que ha distorsionado su desarrollo. Eso es lo que en realidad somos nosotros, […] en verdad países coloniales, semicoloniales o dependientes. Somos países de economía distorsionada por la acción imperial, que ha desarrollado anormalmente las ramas industriales o agrícolas necesarias para complementar su compleja economía, […] he aquí la gran fórmula de la dominación económica imperial, que se agrega a la vieja y eternamente joven divisa romana, divide y vencerás.[13]

En la estrategia que Che establece de enfrentamiento a las estructuras de dominación imperialista amplía sus concepciones al resto de los países tercermundistas. Para él ya no hay fronteras en esa lucha a muerte, no concibe la indiferencia frente a lo que ocurre en cualquier parte del mundo y patentiza la necesidad de la unión frente al enemigo común: el imperialismo. Cada vez que se libera un país […] es una derrota del sistema imperialista mundial, pero debemos convenir en que el desgajamiento no sucede por el mero hecho de proclamarse una independencia o lograrse una victoria por las armas en una revolución: sucede cuando el dominio económico imperialista cesa de ejercerse sobre un pueblo.[14]

Cuando Che enfatiza en la necesidad de poner fin a la hegemonía capitalista lo hace pensando en las consecuencias específicas que tiene en la vida del hombre como ser individual y social y las repercusiones que a nivel de la sociedad en su conjunto engendra ese sistema. En esta [la sociedad capitalista] el hombre está dirigido por un frío ordenamiento que, habitualmente, escapa al dominio de la comprensión. El ejemplar humano, enajenado, tiene un invisible cordón umbilical que le liga a la sociedad en su conjunto: la ley del valor. Ella actúa en todos los aspectos de su vida, va modelando su camino y su destino. Las leyes del capitalismo, invisibles para el común de las gentes y ciegas, actúan sobre el individuo sin que este se percate.

Más adelante, en otro de los párrafos de ese medular texto que es El socialismo y el hombre Cuba abre un paréntesis para aclarar: Cabría aquí la disquisición sobre cómo en los países imperialistas los obreros van perdiendo su espíritu internacional de clase al influjo de una cierta complicidad en la explotación de los demás países dependientes y cómo este hecho, al mismo tiempo, lima el espíritu de lucha de las masas en el propio país…[15].

Esta es una idea que aunque no desarrolla en este texto ha analizado desde bastante tiempo atrás. En un artículo suyo de aproximadamente abril de 1954 titulado La clase obrera de los EE.UU… ¿amiga o enemiga? sienta sus primeros razonamientos sobre el tema cuando analiza la relación entre el desenvolvimiento económico de ese país, la necesidad de los trabajadores de mantener el nivel de vida y el dominio imprescindible sobre América Latina en su papel de fuente de materias primas. A Ernesto no le resulta ajena la cierta complicidad que se establece por la suprema ley de la comunidad de intereses entre las fuerzas productivas y los explotadores y la irremediable pugna que sobrevendrá. Sin embargo, al mismo nivel de las conquistas que supondrán al final la liberación económica y la justicia social, ubica la adquisición de un nuevo y bienvenido hermano menor: el proletariado de ese país [Estados Unidos]. Es decir, en esa internacionalización futura de una nueva sociedad y con intereses de clases dispares de los precedentes que prevalecen en la dinámica de la vida en el capitalismo, el joven Guevara no establece distinciones, se trata de principios de solidaridad y comunión, del sentido humanista que caracterizó su pensamiento y acción.

Para Che, quien entendía que el amor a la humanidad viviente debía transformarse en hechos concretos, en actos que sirvieran de ejemplo y movilización, los acontecimientos que a nivel internacional se desarrollaban en la década del sesenta como parte de la estrategia de expansión y dominio imperialista de Estados Unidos en el mundo, darían un nuevo rumbo a su vida revolucionaria.

En su discurso en la XIX de la Asamblea de las Naciones Unidas Che cita el doloroso caso del Congo, único en la historia del mundo moderno, que muestra cómo se puede burlar con la más absoluta impunidad, con el cinismo más insolente, el derecho de los pueblos y proclama que todos los hombre libres debían aprestarse a vengar el crimen cometido contra Patricio Lumumba y su pueblo. En esta ocasión Che define al imperialismo como animal carnicero que se ceba en los pueblos inermes.

Pocos meses después, consecuente con su convicción de que la lucha armada es la única solución para los pueblos que intentan liberarse, parte hacia ese país para demostrar su verdad. Durante siete meses permaneció el Che en tierras congoleñas junto a otro grupo de combatientes cubanos. Su entrega a la lucha en tierras africanas no alcanzó un resultado victorioso, en cambio si extrajo experiencias valiosas para el desarrollo de la lucha en África. En las páginas preliminares de los Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo, texto donde narra y analiza los hechos acaecidos, destaca el apoyo de Cuba a esa causa. Los actuantes e informantes son extranjeros que fueron a arriesgar sus vidas en un territorio desconocido, de otra lengua y al cual los unían solamente los lazos del internacionalismo proletario, inaugurando un método no practicado en las guerras de liberación modernas […]

Nuestro país, solitario bastión socialista a las puertas del imperialismo yanqui, manda sus soldados a pelear y morir en tierra extranjera, en un continente lejano, y asume la plena y pública responsabilidad de sus actos; en este desafío, en esta clara toma de posición frente al gran problema de nuestra época, que es la lucha sin cuartel contra el imperialismo yanqui, está la significación de nuestra participación en la lucha del Congo.

Es allí donde hay que ver la disposición de un pueblo y de sus dirigentes no solo para defenderse, sino para atacar. Porque en cuanto al imperialismo yanqui, no vale solamente el estar decidido a la defensa; es necesario atacarlo en sus bases de sustentación, en los territorios coloniales y neocoloniales que sirven de basamento a su dominio del mundo.[16]

Esta misma idea la amplía en su mensaje a la Tricontinental cuando llama a seguir el ejemplo de Viet Nam en su lucha contra el imperialismo. El escrito, difundido cuando ya estaba en tierras bolivianas junto con un grupo de guerrilleros peruanos, cubanos y bolivianos constituyeron un impulso para los movimientos de liberación.

Si a nosotros, los que en un pequeño punto del mapa del mundo cumplimos el deber que preconizamos y ponemos a disposición de la lucha este poco que nos es permitido dar: nuestras vidas, nuestro sacrificio, nos toca alguno de estos días lanzar el último suspiro sobre cualquier tierra, ya nuestra, regada con nuestra sangre, sépase que hemos medido el alcance de nuestros actos y que no nos consideramos nada más que elementos en el gran ejército del proletariado, pero nos sentimos orgullosos de haber aprendido de la Revolución cubana y de su gran dirigente máximo la gran lección que emana de su actitud en esta parte del mundo: “qué importan los peligros o sacrificios de un hombre o de un pueblo, cuando está en juego el destino de la humanidad”.

Toda nuestra acción es un grito de guerra contra el imperialismo y un clamor por la unidad de los pueblos contra el gran enemigo del género humano: los Estados Unidos de Norteamérica. En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.

Che concebía la lucha en Bolivia como un primer punto desde donde se irradiaría la revolución hacia el resto del continente. Después de once meses en que la guerrilla hubo de sufrir las bajas de sus mejores hombres; la traición de los principales líderes del Partido Comunista Boliviano, que incumplieron su compromiso de apoyar la lucha; la división de la columna; la imposibilidad de establecer relaciones con los campesinos de la zona y al mismo tiempo con el exterior; y la persecución del Ejército que obtuvo todo tipo de ayuda y asesoría de Estados Unidos, dispuesto a impedir por todos los medios una nueva revolución en el continente, la guerrilla fue derrotada y el Che, por órdenes de la CIA, asesinado.

Sin embargo, lo que pretendió ser fin y silencio, devino clamor de lucha y rebeldía en todo el mundo. Che había encarnado, él mismo, el más vivo ejemplo del internacionalismo.

A veces podría parecer que las ideas se esfuman entre el olvido y las urgencias de los nuevos tiempos. Basta hurgar un poco para encontrarlas, un mínimo de esfuerzo y aparecen de nuevo tibias como el día en que alguien las dijo o las escribió para perpetuarlas. Otro parpadeo y puede que hasta quemen de tan vivas.

Las coincidencias no son tan casuales. El hombre lleva siglos construyendo su historia, derribando y volviendo a alzar. En ese ciclo, los polos de los que crean y demuelen se marcan constantemente. Se miran, se escrutan, se agraden, mueren, resucitan, y siempre hay quien va más allá, y vuelve. Regresa con los bolsillos llenos, con alforjas, con baúles repletos de pasado, de historia que ha ido y venido una y otra vez en otros brazos, en cientos de espaldas. Quienes vienen y van se niegan al tránsito en solitario, esperan hombros en que apoyarse, palabras de aliento, oídos receptivos, manos que enciendan lumbres.

De repente, alguien se sorprende leyendo esas páginas de ayer, de hoy, y muy cerca, el rumor de pisadas que siguen las mismas huellas.


Notas

[1] Fernando Martínez Heredia: “Octubre abrió los límites de lo posible”. En En el horno de los noventa, Ediciones Barbarroja, Buenos Aires, 1999, pp. 144-149.

[2] Lorena Betta: “José Carlos Mariátegui o el socialismo indo-americano”. En Rebelión, http://www.rebelion.org/noticia.php?id=21320.Consultado en línea el 10 de noviembre de 2005.

[3] José Carlos Mariátegui. En Europa: aprendizaje y experiencia, http://www.antorcha.org/galeria/mariat-2.htm “. Consultado en línea el 10 de noviembre de 2005.

[4] María del Carmen Ariet: El pensamiento político de Ernesto Guevara, Ocean Press, Melbourne, 2003, pp. 49-51.

[5] Ernesto Guevara Lynch: “Carta de Ernesto desde Guatemala a su madre. Abril de 1954”. En Aquí va un soldado de América, Plaza Janés, España, 2000, p.49.

[6] F. Mehring: Carlos Marx, Editora Política, La Habana, 1964, pp. 333-334.

[7]José Carlos Mariátegui: “La nueva cruzada pro-indígena”. En José Carlos Mariátegui y Europa. El otro aspecto del descubrimiento, Empresa Editora Amauta, Lima, 1993, p. 77.

[8] José Carlos Mariátegui: “Literatura de guerra”. En Historia de la crisis mundial, ed. cit, p. 28.

[9] Se refiere a Carlos Marx.

[10] Ernesto Guevara Lynch: “Carta de Ernesto para su madre desde México”. En Ob. cit., p138-140.

[11] Ernesto Guevara de la Serna: “Qué cubano nos parece el mundo”. En América Latina. Despertar de un continente, Ocean Press, Melbourne, 2003, pp. 197-198.

[12] Germán Sánchez Otero: “Imperialismo, internacionalismo y liberación”. En Los enigmas del Che, Ediciones KO’EYU, Caracas, 1997, pp. 109-110.

[13] Ernesto Che Guevara, “Cuba: ¿Excepción histórica o vanguardia en la lucha anticolonialista?. En Obras escogidas. 1957-1967, Editorial de las Ciencias Sociales, La Habana, 2001, pp. 408.409.

[14] Ernesto Che Guevara, “Discurso en Argel”. En ed. cit., p. 573.

[15] Ernesto Che Guevara: “El socialismo y el hombre en Cuba”. En Justicia Global, Ocean Press, Melbourne, 2002, p. 36.

[16] Ernesto Che Guevara: Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo, Grijalbo Mondadori, México, 1999, pp. 35-38.