El pensamiento del Che y los desafíos de hoy

Ernesto Che Guevara ha tenido una posteridad difícil, como suele ser el destino de los grandes transformadores de la sociedad y del pensamiento social. Ellos logran volverse tan autónomos respecto a la reproducción usual de la vida material e ideal que son capaces de ejercer una acción revolucionaria que desnuda y condena lo que parecía normal o inevitable, que exige o crea nuevas realidades, que hace nuevas preguntas y formula nuevos proyectos.



Hasta cierto punto coinciden con las necesidades sociales, pero su grandeza personal reside en que, además de expresar esas necesidades, en buena medida son capaces, al satisfacerlas, de abrir nuevos caminos y plantear nuevas necesidades, desafíos y metas. Sobre tantas cualidades se levanta su conducción, su fascinación y su influencia duraderas. La humana tendencia a volver a la normalidad –tan aprovechada por las formas nuevas de dominación– se vuelve en algún momento posterior contra esas grandes personalidades, y las considera molestas, ilusas o anticuadas. Vienen entonces los nuevos períodos de las sociedades y del pensamiento a echarlas a un lado y a roer su memoria, hasta que nuevas necesidades humanas y sociales agobiadoras se presentan, y exigen echar mano a lo valioso. Entonces vuelven los grandes, mientras se disuelven lo efímero y las modas; pero sólo pueden volver si existen nuevos actores y pensadores capaces de utilizarlos como base y como fuerza espiritual para llevar adelante tareas nuevas e ideas nuevas.
José Martí dijo una vez que el único hombre práctico es aquel cuyo sueño de hoy será la ley de mañana. Para ser realmente práctico, el Che elaboró y lanzó una propuesta de mucho mayor alcance que la estrategia revolucionaria ligada a las circunstancias inmediatas en que vivió. Como en el caso de Martí, la unión de su vida y su obra ha resultado, entonces, de un doble valor: son líderes políticos revolucionarios de su tiempo y son pensadores del orden futuro que debe lograrse mediante la praxis revolucionaria. La combinación es fulgurante; les asegura su grandeza permanente y su fuerza de convocatoria, pero también puede hacerlos peligrosos o molestos. Son demasiado revolucionadores frente a la mayoría de las perspectivas visibles o representables, pero, a la vez, son paradigmas de la revolución. Son poco aceptables para el reclamo de orden, viabilidad y respetabilidad que avanza después de las grandes conmociones sociales, para intereses de grupos que quieran predominar. Pero son, al mismo tiempo, piezas maestras del arsenal simbólico de la revolución y de su proyecto de futuro de mejoramiento humano.
Este es el año del 40º aniversario de la caída del Che. A la mitad de este camino que hemos andado, el día del 20º aniversario –8 de octubre de 1987–, Fidel tuvo que traer al Che al ámbito de la política viva, en su discurso tremendo de Pinar del Río, una de esas piezas maestras suyas sobre las cuales es tan provechoso volver periódicamente. La primera etapa de la revolución en el poder –la que va de 1959 a inicios de los años 70– tuvo en el Che uno de sus protagonistas, siempre junto a Fidel en la defensa y la profundización del proceso. La segunda etapa fue muy contradictoria, lo que puede ilustrarse con el masivo avance constituido por una niñez sana y educándose, que todas las mañanas prometía llegar a ser como el Che, mientras el pensamiento del Che había dejado de estudiarse en los planteles de un país que no cesaba de estudiar. Su ejemplo sí estuvo siempre presente y actuante, en las virtudes del pueblo trabajador, en la entrega solidaria de los internacionalistas y en todo lo esencial de la estrategia socialista que mantuvo la dirección de la revolución.
Cuando hace veinte años el Che apenas pugnaba por salir de las sombras, se discutió un criterio, a mi juicio erróneo, que sintetizo aquí. El Che fue un hombre muy grande, se dijo, pero limitado por dos realidades: era un hombre de su tiempo, y su circunstancia es irrepetible; y era un hombre muy bueno, de ideas tan altruistas que sólo tendrían suelo para realizarse en un futuro no previsible. Si se cree esto, se castra el contenido revolucionario del Che, y queda listo para ocupar el inocuo lugar de muertos ilustres en el que la burguesía y la socialdemocracia pusieron a Carlos Marx, como afirmó Lenin en 1917, al inicio de su libro El Estado y la revolución. En 1997, con el imperialismo ya en una fase de extrema centralización, rapiña financiera parasitaria y agresiva recolonización del mundo, muertos la URSS y los regímenes de dominación levantados en Europa en nombre del socialismo, derrotados la mayor parte de los esfuerzos por alcanzar el desarrollo en el Tercer Mundo y desprestigiada la idea misma del socialismo, el Che estaba claramente de regreso en el mundo, en ámbitos mucho más amplios que los de aquellos combatientes, militantes y seres esperanzados con los que siempre anduvo. Desde entonces nos acompañan la imagen, el ejemplo y el legado del Che, que cuando van juntos son más fuertes y no pueden ser despojados de su contenido profundamente subversivo.
Desde que Fidel lanzó el proceso de rectificación de errores y tendencias negativas hasta hoy, el pensamiento del Che ha vuelto, miles de cubanos lo conocen y otros muchos lo buscan y estudian, pero falta mucho para que sea efectivamente un instrumento intelectual y político plenamente aprovechado.
Abordo dos temas en esta intervención. Uno es el de las ideas del Che, que no pueden ser comprendidas mediante frases suyas o separadas entre sí, sino como aspectos de una concepción orgánica, a la que el Che pensador arribó y continuó desarrollando mientras pudo. Me inspira este ámbito en que estamos y la necesidad, que entiendo urgente, de aplicarnos, con dedicación y sistemáticamente, al estudio de su pensamiento. El otro tema que toco es el que este Coloquio llama permanencia del Che, el cual entiendo como algo vivo, sujeto a avances, problemas y quebrantos. No es algo fijo –que sería una manera de matar al Che–, es una acción respecto a las cuestiones de hoy y, sobre todo, respecto a la actividad nuestra, porque somos nosotros los llamados a mantener al Che actuante, a forjar o no, y a sacar mayor o menor provecho, a la permanencia del Che.
Ernesto Guevara avanzó desde el estudio a la pertenencia a una organización y a la guerra revolucionaria. Tras el triunfo, participó en el poder revolucionario y en el impulso de los cambios más profundos de las personas y la sociedad. Y otra vez marchó a la guerra revolucionaria. Durante ese período, su pensamiento logró comprender problemas fundamentales, plantearlos y, hasta cierto punto, elaborar una concepción teórica que fuera un instrumento capaz de: a) servir a las prácticas necesarias y b) restituir al pensamiento revolucionario su función, indispensable para guiar las transformaciones y proyectar e imaginar el futuro. Al mismo tiempo, el Che libró una batalla intelectual que él entendía indispensable, no sólo para la práctica, sino también para el desarrollo de la teoría.
El pensamiento y la actuación del Che tienen nexos muy profundos, que no debemos apreciar solamente como vínculos entre teoría y práctica, porque son muy valiosos para el análisis de su posición teórica y para el provecho que podamos sacar de ella. Además, el Che sigue siendo un fértil territorio y un lugar de combate para el pensamiento que pretenda contribuir a la liberación de las personas y las sociedades y a la creación de una nueva cultura. He organizado un grupo de comentarios desde mis criterios acerca de la concepción teórica y la batalla de ideas del Che, con el fin de contribuir en alguna medida a la reflexión y al debate.
En la misma medida en que la revolución triunfante en Cuba en 1959 tenía la necesidad de romper los límites de una democratización política que permaneciera dentro de los límites del capitalismo neocolonial, y debía abrirle paso al pueblo como protagonista, el pensamiento revolucionario, para serle útil, debía romper dos cárceles: la del democratismo previo sin justicia social y sin proyecto nacional viable, y la del marxismo reformista y dogmático. En la gran revolución de los hechos y las ideas que se desató en Cuba entonces, Fidel fue la figura central, como líder político supremo y como educador popular. El Che, protagonista junto a él, emprendió también una tarea teórica que debía dar frutos mucho más avanzados que los correspondientes a la reproducción espiritual esperable de la vida social.
Desde el inicio, el Che se vio ante la necesidad de hacer la más profunda crítica de la modernidad, mientras luchaba junto a todos los demás cubanos en lograr que el país funcionara bajo el nuevo poder, y en poner al alcance de todos la satisfacción de las necesidades básicas más sentidas y otros avances que, en conjunto, pueden llamarse “modernizadores”.
La ideología y las teorías más en boga durante los años 60 en el llamado Tercer Mundo respecto a proyectos nacionales eran las del desarrollo, basadas en que la economía del país en cuestión alcanzara un determinado grado de suficiencia respecto a indicadores más o menos análogos a los de los países centrales del sistema capitalista. Por otra parte, la URSS proclamaba el mismo objetivo para ella, aunque expresado a su escala: “alcanzar y superar a los Estados Unidos”. Su política respecto al Tercer Mundo estaba determinada por sus intereses estatales, y ese país obtenía algunos beneficios del intercambio internacional desigual; consignas como la de “democracia nacional” eran ropajes para el trato con los sectores dominantes de algunos países. En 1961, Estados Unidos lanzó un plan para América Latina: la Alianza para el Progreso; “es un intento de buscar solución dentro de los marcos del imperialismo económico, será un fracaso”, dijo el Che en Punta del Este. Era también una maniobra contra el ejemplo subversivo que constituía Cuba. Lograr el desarrollo era, sin embargo, el anhelo de muchos millones de personas que estaban viviendo la descolonización en África y Asia, o el fortalecimiento del Estado y ciertos sectores de la economía en países de América Latina.
“La técnica se puede usar para domesticar a los pueblos, y se puede poner al servicio de los pueblos para liberarlos”, les dice el Che a los profesores y estudiantes de Arquitectura en 1963. Esa es una disyuntiva fundamental. El crecimiento económico no traerá por sí solo ningún avance social para las mayorías, y las modernizaciones bajo un régimen de dominación traen consigo, en el mejor caso, la modernización de la dominación. Lo decisivo es la actividad liberadora, ella es la que será capaz de darle un sentido positivo a las fuerzas sociales económicas. Esa afirmación del Che tiene consecuencias trascendentales, define una posición dentro del campo de las ideas. El carácter de una revolución no está determinado por la medición de la estructura económica de la sociedad, como creían tantos en la izquierda, sino por la praxis revolucionaria1. Ella es la única que puede ser creadora de condiciones para el cambio social, y establecer realidades nuevas. La mundialización del imperialismo está acompañada en la segunda mitad del siglo XX por la mundialización de la conciencia revolucionaria, y eso modifica el alcance de la revolución posible en cualquier país, escribe el Che durante el gran debate de 1963-1964.
Movilizar y concientizar a los oprimidos, luchar con medios y modos radicales, tomar el poder y utilizarlo con nuevos fines son las tareas de la época, para que sea posible conquistar un desarrollo de las personas y la sociedad que no consistirá en el desarrollo, sino en la liberación. Esas ideas son centrales en textos fundamentales del Che como “Sobre el sistema presupuestario de financiamiento” y “La planificación socialista, su significado”.
Al hacerse socialista de liberación nacional, la revolución cubana estaba descubriendo, a través de sus prácticas, que en las condiciones desventajosas de la mayoría de los países del mundo la transición socialista y el proyecto de sociedad a crear están obligados a ir mucho más allá de lo que su “etapa del desarrollo” supuestamente le permitiría, y deben negar que la nueva sociedad sea el resultado de una evolución progresiva que ya no cabría en el capitalismo, y que con sólo expropiar sus medios de producción se puede “superarlo”. Es decir, es imprescindible trabajar por la creación de una nueva cultura, que implica una nueva concepción de la vida y del mundo, al mismo tiempo que se empeña uno en cumplir con las prácticas más inmediatas, urgentes e ineludibles. El socialismo factible no depende, por consiguiente, del llamado “crecimiento de las fuerzas productivas en correspondencia con las relaciones de producción”, ni de un desarrollo social que será consecuencia del económico; depende de un cambio radical de perspectiva por parte de los que actúan, y de las revoluciones sucesivas que experimente su propio proceso2. A Cuba, la primera revolución socialista autóctona de Occidente, forjada en un medio capitalista neocolonial ligado íntimamente a la mayor potencia material, política y cultural imperialista del mundo, le tocaba un papel importante en esta nueva fase de la mundialización de la revolución contra el capitalismo.
El Che tomó plena conciencia de lo anterior, cuando apenas comenzaba a desplegarse el problema en Cuba, y emprendió una extraordinaria labor intelectual para identificar y formular las preguntas y los problemas principales, ayudar a fundamentar o a modificar las estrategias y las medidas y, a la vez, generalizar y conceptualizar. Se dedicó a formar una concepción teórica en medio de un mar de actividad, en un proceso cuyos dirigentes habían sido rechazados por la teoría al uso y con razón sentían prevenciones frente a ella, y cuyos cuadros y miembros de fila tenían muy escasa preparación. En 1964 dice: “…nosotros no podemos ser hijos de la práctica absoluta, hay una teoría (…) inventar la teoría totalmente a base de la acción, solamente eso, es un disparate, con eso no se llega a nada”. “Pero hay una cierta pereza mental para entrarle en el fondo al problema y para saber qué es lo que estamos haciendo y por qué. Hay excesiva disciplina en seguir la línea y falta de una disciplina consciente de buscar los por qu酔3 A pesar de que la muerte interrumpió bruscamente su producción de madurez, la concepción marxista del Che es uno de los mayores aportes al pensamiento revolucionario en el siglo XX.
Marx logró plantear bien e impulsar la idea de que la política debe ser lo central en la actividad de la clase proletaria. Lenin y el bolchevismo produjeron un formidable avance al establecer un poder anticapitalista en un enorme Estado y darle un alcance mundial al movimiento. Medio siglo después, el Che formuló las líneas fundamentales de una política comunista eficaz. Resalto dos de esas líneas: esa política debe ser realmente internacionalista; y debe responder bien a dos exigencias: que el individuo es lo primordial y que es necesario un nexo íntimo entre política y ética.
“El hombre es el actor consciente de la historia. Sin esta conciencia, que engloba la de su ser social, no puede haber comunismo”, dice el Che en uno de sus textos principales4. Un punto central de su concepción –reiterado en sus textos– es el vínculo entre la revolución que deben experimentar en sí mismas las personas involucradas y la revolución a llevar a cabo en cada país y en el mundo. Además de poseer una capacidad autocrítica sorprendente y ejemplar5, el Che les demanda al dirigente y al militante revolucionario una entrega total y numerosas cualidades, y hace una rigurosa exposición de los rasgos que debe tener la organización política de vanguardia. No se trata sólo de la necesaria eficiencia; es que su existencia y su actuación constituyen un servicio vital para la causa de la liberación, que les da fuerza y sentido a los esfuerzos y sacrificios de todos. Al mismo tiempo, la vanguardia política debe constituir una prefiguración de conductas y relaciones que aún están lejos de ser mayoritarias en la sociedad.
El Che no valora con el mismo rigor al conjunto de los trabajadores y ciudadanos de la revolución, ni a los que no simpatizan con ella. Lejos de utilizar recursos discursivos para atraer y conducir, el Che analiza las representaciones, motivaciones, intereses, hábitos y niveles de conciencia, la subjetividad predominante en diferentes grupos sociales que están participando en el proceso o viviendo en él. En sus memorias siempre es agudo y nunca es despectivo cuando aborda a la gente humilde que sirve al enemigo. Esos materiales suyos son un notable ejemplo de análisis de clase que parte de las personas, despojado de clichés prejuiciosos y dictámenes abstractos. Su objetivo es comprender para valorar y actuar, o para ayudar a otros a hacerlo.
Una permanente actividad educacional rige su actuación y su concepción; ellas quieren contribuir a un complejo real de elementos modificadores de la conducta, que va desde la coerción social y estatal hasta la autoeducación. Che no cree que exista una naturaleza humana dada previamente, que solamente puede ser entendida; al contrario, el trabajo fundamental consiste en desarrollar las relaciones y los medios de transformación y mejoramiento humano: “haremos el hombre del siglo XXI, nosotros mismos”6 Este y los fragmentos que siguen son de El socialismo y el hombre en Cuba. El proceso comienza desde el primer momento: “En la actitud de nuestros combatientes se vislumbraba al hombre del futuro (…) Encontrar la fórmula para perpetuar en la vida cotidiana esa actitud heroica es una de nuestras tareas fundamentales desde el punto de vista ideológico” Y sobre la transición socialista: “Para construir el comunismo, simultáneamente con la base material hay que hacer al hombre nuevo (…) La sociedad en su conjunto debe convertirse en una gigantesca escuela”.7. Precisamente para sacar adelante estos propósitos tan ambiciosos, Che no olvida nunca las enormes insuficiencias, los errores y las deformaciones generadas en el propio proceso, los cuales critica sin ambigüedades y sin descanso8.
En ese campo, como en otros, veo tanta profundidad en sus indicaciones, análisis puntuales y reproches como en el contenido y la articulación de sus conceptos y en sus frases famosas. El Che es, en una gran medida, el hombre de los cómo.
Sin descuidar sus deberes de dirigente político y estatal –y también durante su nueva etapa guerrillera–, el Che trabajó sistemáticamente la teoría, conciente de los problemas y necesidades de esta, y del lugar histórico que él ocupaba. Desde una posición opuesta al capitalismo, el colonialismo y el neocolonialismo, produjo una interpretación latinoamericana de las cuestiones fundamentales del mundo; y concibió una visión de las conductas, acciones, cambios y objetivos necesarios para la liberación de las personas y las sociedades desde una posición comunista.
La concepción filosófica del Che privilegia el papel de la acción consciente y organizada como creadora de realidades sociales y humanas. Esta filosofía de la praxis recupera el papel central de la dialéctica en el marxismo. Sin desconocer las realidades existentes y su funcionamiento discernible –y la formulación de leyes atinentes a lo que esas realidades “pueden dar de sí”–, Che estima que el nivel de conciencia alcanzado a escala mundial permite que en cualquier lugar se organicen vanguardias revolucionarias, influidas por la ideología marxista, que prevean, hasta cierto punto, cómo actuar y violenten las relaciones vigentes a través de las acciones colectivas que susciten y guíen, al menos dentro de ciertos límites.
Su posición marxista es ajena al determinismo social y al dilema central especulativo de “materialismo o idealismo”, pivote filosófico de las corrientes que eran dominantes en el marxismo. Para el Che, la conciencia no es la antítesis de la “economía” o de “la materia”: es el instrumento principal para lograr que las fuerzas productivas y las relaciones de producción dejen de ser medios para perpetuar las dominaciones. La conciencia es una fuerza potencial decisiva para que avance la praxis revolucionaria; ella tiende a desarrollarse y crecer si el trabajo intencionado que se realiza es eficaz, por lo que urge encontrar y aplicar reglas que lo propicien. El proceso de creación de nuevas realidades en los individuos, las relaciones sociales, las instituciones y la sociedad como un todo contiene un enfrentamiento dialéctico de los aspectos favorables y opuestos al triunfo del socialismo, que deben ser manejados a través de las formas de organización revolucionaria y de la transición socialista, y de sus instrumentos. En esta concepción dialéctica no hay lugar para la primacía de la “materia” del marxismo que permanece dentro de la problemática estalinista y postestalinista. Para el Che, el factor subjetivo debe ser el dominante durante toda la época de los cambios revolucionarios.
El Che defiende el valor permanente del humanismo filosófico del joven Marx. Expone, a su vez, el suyo, que parte de la experiencia vivida y del conjunto de la teoría marxista. No es un humanismo a secas: requiere una acción humana organizada que revolucione las condiciones de existencia y la reproducción que se considera “normal” de la vida social, una práctica que sea una palanca eficaz para transformar las realidades conocidas en otras realidades, conquistadas o nuevas, creadas. Es en esos sentidos que “lo objetivo” puede ser transformado y superado por el factor subjetivo. Para el Che, la lucha de clases es central en la teoría y en la historia, y el individuo es expresión viviente de las luchas de clases. Nadie más ajeno que él, insisto, a ideas como la de la innata bondad de la naturaleza humana. “Para cambiar de manera de pensar” –dice—“hay que sufrir profundos cambios interiores y asistir a profundos cambios exteriores, sobre todo sociales”9.
El poder revolucionario sobre la economía, la política y la ideología es necesario para enfrentar un triple reto: 1-el poder del capitalismo, que va desde su enorme fuerza material y sus controles a escala mundial hasta su vigoroso complejo cultural, que es capaz de recuperar modos de vida y mentes que un día fueron rebeldes; 2- el de la mercantilización y el subdesarrollo que padecen las sociedades en transición socialista, y las combinaciones de ambos; y 3- las nuevas realidades que hay que crear. Sin esa concentración de fuerzas, sin unidad política y cohesión ideológica, el poder revolucionario tendría las manos atadas y, tarde o temprano, caería.
La vanguardia política, basada en la ejemplaridad, la unión de ideas y voluntades, la organización y la disciplina, debe lograr los difíciles objetivos de dirigir, guiar, educar, prefigurar los pasos sucesivos que se alcanzarán y proyectar la transición socialista. Pero sólo cumplirá esos fines si se compenetra con la situación de la población, sus intereses y aspiraciones, su concepción del mundo y de la vida, si comparte los rigores de su vida cotidiana y sabe interactuar con ella, y no teme aprender también de ella y sacar provecho de sus saberes. Y, sobre todo, si la población participa cada vez más en el poder real. El Che no deja lugar para el mito de una falange infalible, para la sustitución del poder de las clases que habían sido dominadas en el capitalismo por el poder de un grupo ejercido en nombre del socialismo y el predominio de ideologías que disfracen la dominación.
En todas las circunstancias, la fraternidad, la entrega a la causa y demás valores morales del revolucionario contribuyen a la creación de personas nuevas, tanto en la vida cotidiana como en los eventos cruciales. Pero cuando se tiene el poder, la formación de personas nuevas adquiere nuevas cualidades: debe ser intencionada y llegar a ser planeada, y debe tender a abarcar o influir en toda la actividad social. A pesar de los cambios tan profundos que implica la transición socialista, el trabajo sigue vinculado a presiones sociales, a retribuciones y a la misma condición especial de ser trabajador. El Che reconoce esa realidad, pero no se rinde a ella; al contrario, la enfrenta con un manejo conciente y organizado de todo el poder de que se dispone, en busca de que el trabajo se vaya convirtiendo en un deber social, una actitud y un hábito nuevos, en un largo proceso en que deberá llegar a ser un “reflejo condicionado de naturaleza social”, un “engranaje conciente” y “la completa recreación individual ante su propia obra”.
La economía debe ser gobernada por el poder revolucionario y el proyecto de liberación total. El poder no es más que un instrumento privilegiado del proyecto. Para el Che, el plan es un producto de la conciencia organizada y con poder, que conoce en cierto grado los límites de la voluntad, los datos de la realidad y las fuerzas que operan a favor y en contra. El plan no es un diagnóstico de la economía y una previsión de su comportamiento futuro: “para eso no es necesario el pueblo”, dice. El plan será socialista si a través de él las masas tienen “la posibilidad de dirigir sus destinos”. Se debe combinar la centralización con las iniciativas, y desarrollar un proceso de descentralización progresiva, con participación masiva en la dirección y una acción política organizada y concretada contra el burocratismo. Los avances del nuevo modo de vivir diferente y opuesto al del capitalismo irán creando un cambio cultural radical que abarque desde las relaciones económicas hasta cambios muy íntimos del individuo y sus relaciones interpersonales. La sociedad debe volverse capaz de trabajar cotidiana y eficazmente en esa dirección, de manera planeada y con rigor técnico; el sistema debe combatir sus propias tendencias contrarias a la liberación, medir los avances y declarar con valentía los retrocesos.
El Che planteó nuevamente la utopía del comunismo marxista, sin ingenuidad ni paternalismo. Su experimento del Sistema Presupuestario de Financiamiento, que abarcó a un sector importante de la economía y de los trabajadores del país, funcionó bien, y consistió en mucho más que gestión, producción y control económicos. Fue un combate diario por la opción comunista. Combinó en la práctica a individuos, masa, dirigentes, conciencia, trabajo asalariado y voluntario, política, producción, plan, educación, estimulaciones, subdesarrollo, coerción social, relaciones mercantiles, poder estatal, macroeconomía y relaciones internacionales. Esos materiales y experiencias sirvieron mucho al Che para tejer su trabajo teórico, pero fue mucho más allá, tanto en sus puntos de partida intelectuales como en la formación de un sistema conceptual propio –que incluye en ciertas definiciones lo que debe llegar a ser–, y en desarrollos temáticos parciales pero vigorosamente articulados. Explicitó su tipo de ortodoxia marxista y refirió a ella su creatividad. Sus prácticas y sus ideas resultaron sumamente polémicas. El Che las debatió públicamente en las revistas de la época y las defendió activamente como parte de una lucha política e ideológica en el seno de la revolución.
Por su vida ejemplar, su tajante honestidad y la concordancia total entre sus dichos y sus hechos, el Che es asociado a la palabra ética. Eso es muy justo, pero opino que lo político es el centro de su actividad y lo que articula su pensamiento. Che pretende una revolución de lo político y propone una gigantesca elevación del contenido y los objetivos del movimiento histórico de liberación humana. Ese es el marco real de frases como “…el revolucionario verdadero está guiado por grandes sentimientos de amor”, “el socialismo económico sin la moral comunista no me interesa. Luchamos contra la miseria, pero al mismo tiempo contra la alienación (…) si el comunismo descuida los hechos de conciencia puede ser un método de repartición, pero deja de ser una moral revolucionaria”. Y de ideas como la de que se debe trabajar desde el inicio mismo en la realización práctica del proyecto comunista, “aunque pasemos toda la vida tratando de construir el socialismo”. Se deben utilizar todo los logros obtenidos bajo el capitalismo que sea conveniente y factible, pero hay que crear una nueva cultura a través de las transformaciones de los seres humanos y las relaciones sociales, que sea, al mismo tiempo, un polo de atracción para los pueblos frente a la dominación y la cultura del capitalismo mundial.

El capitalismo actual es incapaz, por su naturaleza, de resolver ninguno de los graves problemas que afectan a la mayoría de las personas y los países del mundo, ni de defender el medio en que vivimos. Su promesa de progreso material y democracia era mentirosa y se ha desgastado, pero conserva un enorme poder en muchos terrenos y lo ejerce en una escala colosal para mantener la situación a favor suyo, privilegiando una sistemática guerra cultural. El pueblo de Iraq está demostrando que es posible rechazar la recolonización imperialista. En América Latina y el Caribe, el continente más cargado de contradicciones potencialmente peligrosas para el capitalismo, el campo popular y diversos tipos de opositores han salido del foso de derrotas y desesperanza de la década pasada. Se han combinado la capacidad de protesta social organizada de muchos pueblos con el uso del voto universal que servía a los sistemas llamados democráticos para mantener su incierta hegemonía, y se han obtenido victorias populares en varios países. La revolución bolivariana de Venezuela produce de nuevo en América el escándalo de un gobierno para el pueblo y con el pueblo, y contribuye de manera decisiva a la creación de un polo de independencia continental, mediante la integración de poderes populares y alianzas que fortalecen la autonomía económica latinoamericana. En el marco del ALBA, Cuba multiplica el valor de su ejemplo y su sagacidad como revolución liberadora, su internacionalismo ejemplar, sus fuerzas productivas sociales y las inmensas capacidades adquiridas por nuestro pueblo a partir de casi medio siglo de gigantesca y sistemática inversión educacional.
En esta coyuntura, promisoria y difícil a la vez, se torna cada vez más clara la procedencia y la necesidad de asumir todo el Che. Ante todo, para seguir su modo de ser práctico, que implica alzarse –los individuos y el pueblo entero– por encima de las condiciones de reproducción de la vida material y política que parecen normales y esperables, por encima incluso del sentido común. Y hacerlo tanto en lo inmediato como en la elección del rumbo, el planeamiento y el aferramiento tenaz al proyecto.
El Che puede ayudarnos más, por ejemplo, a combatir la corrupción, que tiene tantas formas y tentáculos, desde una ética profundamente ligada a la política, pero, a la vez, ayudarnos a examinar sus causas y sus modalidades, para ir a su raíz. Puede ayudarnos contra la añoranza por el capitalismo, que entre nosotros disfraza su condición de vuelta al pasado con esa pérfida impresión que brinda de ser un paso hacia el futuro, sea como un supuesto avance que puede hacer Cuba, o sea como un destino inevitable para este pequeño país. El pensamiento del Che ayuda a fundamentar el anticapitalismo sin concesiones, que sabe asumir las realidades más duras u opuestas a nuestros ideales, para conocerlas bien, pero sin dejarse vencer por ellas, para trabajar con el pueblo en vez de intentar donarle el socialismo, para fiar el esfuerzo principal, la sagacidad y todos los factores con que se cuenta en dos direcciones fundamentales que estén íntimamente relacionadas.
Una es la labor socialista práctica, creadora y distribuidora de bienes y servicios, y sobre todo creadora de relaciones sociales nuevas, que es decisiva para la formación de las personas y las relaciones sociales en el predominio de la solidaridad frente al egoísmo, en el fomento de la laboriosidad y de hacer que los méritos personales sean el rasero social principal para medir a los individuos, y la defensa del aporte y la eficiencia frente a los intereses individualistas y de grupos, y contra el afán de lucro.
La otra es una concientización permanente y sistemática que no consista en un discurso lleno de frases hechas y vacío de contenidos, sino en el aprendizaje entre todos y a partir de las situaciones concretas, de por qué, para qué y cómo es la sociedad organizada la que debe manejar los recursos del país en bien de toda la población del país; de cómo instrumentar el conocimiento del pueblo acerca de las cuestiones fundamentales y cómo lograr que cada vez más el pueblo participe en las decisiones acerca de esas cuestiones; de discernir lo que es positivo y lo que no lo es, qué actitud es moral y cuál no, qué es lícito y qué es ilícito, cómo hacer que los instrumentos de formación y de difusión que posee la sociedad sirvan cada vez mejor a la expresión de la rica diversidad de las ideas y las motivaciones de las personas, y al arraigo y profundización de vínculos solidarios socialistas.
Me siento universitario, siempre. Por eso me hacen feliz los logros de nuestras universidades y me duelen mucho sus insuficiencias. Que la universidad se pinte de negro, de mulato, de obrero y de campesino, que se pinte de pueblo, decía el Che en la Central de Las Villas, un año después de haber pasado por ella camino del fuego, de la sangre y de la victoria en la batalla de Santa Clara. Hace pocos años tuvimos que volver a plantearnos el cumplimiento de aquel reclamo del Che, a pesar de los inmensos avances obtenidos después de 1959, y volver a atender a la composición social del alumnado. Eso brinda una enseñanza y tiene, a mi juicio, un significado doble: el de nuestras deficiencias y el de nuestra capacidad de avanzar una y otra vez. La batalla de estos años recientes por defender y ampliar la continua y sistemática redistribución de la riqueza social y las oportunidades entre todos los cubanos y cubanas, que es uno de los rasgos fundamentales de nuestro socialismo, continúa hoy con la misma decisión con que la inició Fidel, pero también con los obstáculos formidables que Cuba ha encontrado siempre para llevar adelante su proceso revolucionario de liberación.
Opino que hoy no les basta a las universidades y a las demás instituciones del país con pintarse de negro, de obrero y de pueblo. Ellas, y cada uno de nosotros, tenemos que entender el papel que nos toca cumplir, y, a la vez, debemos tener iniciativa y empeño para encontrar y asumir nuevas tareas y papeles que la revolución necesita. Apoyar y ayudar de maneras concretas en la acción, en la eficiencia y en la necesaria creación, porque por los caminos trillados que se limitan a modernizaciones sólo se logra finalmente modernizar la dominación, y si estamos limitados por una estrechez de miras que nos lleve a repetir lo que ya ha servido antes para sobrevivir y mantenerse, no se podría forzar el cerco del capitalismo en la actualidad y en el futuro próximo. A los jóvenes sobre todo quisiera decirles –porque los jóvenes vuelven a ser la carta decisiva de la revolución– que la juventud no puede seguir siendo tímida ante el estudio de la obra del Che. Hay que apoderarse de su pensamiento, como hay que apoderarse de la historia entera de la revolución, tan llena de maravilla y de momentos angustiosos, para unir a la emoción, que es determinante para actuar, el conocimiento que multiplica las posibilidades del que actúa. “La juventud tiene que crear. Una juventud que no crea es una anomalía, realmente”, les dijo el Che a los jóvenes reunidos para conmemorar el segundo aniversario de la integración de las organizaciones juveniles, la víspera misma de la Crisis de Octubre.
Los que fuimos jóvenes de la revolución y seguimos siendo revolucionarios, tenemos el deber –difícil e importante– de evitar la lejanía y mantener abierta la puerta de la continuidad revolucionaria, de trasmitir todo lo que pueda ser valioso, sin temor a no ser los protagonistas. De no traicionar los ideales y la vida que hemos vivido, por cansancio, por cobardía, por intereses mezquinos o por torpeza insondable. Tenemos el deber de ser honestos, aun si nos faltaran capacidades y habilidades, para al menos dar testimonio de la moral y la grandeza de la causa de todos, y ser con eso ejemplos de conducta. Si lo logramos, garantizaremos lo que sólo nosotros mismos podemos lograr: la permanencia del Che. Y haremos que ella no sea un dato, más o menos valioso, sino un arma de creación, uno de los nombres del futuro. Y haremos que crezca el Che también, en la medida en que crezca y se profundice el modo de vivir socialista y el proyecto de liberación plena y bienestar de su pueblo, íntimamente ligado a la ampliación de la conciencia y de la solidaridad a escala internacional, que crezcan el campo revolucionario, la lucha de los pueblos y los poderes populares en la América Latina. Que crezca, en fin, la oportunidad de hacer de este siglo que comienza un campo superior del desenvolvimiento humano, de las capacidades de las sociedades de salvar el planeta en que vivimos y cambiar entre todos la vida, y de brindar a cada uno y a todos más justicia y más libertad. Es decir, para hacer realidad los sueños y el pensamiento del Che.